martes, 21 de marzo de 2017

Jardines del Prado (I) : La Casa de los Patos

JARDINES DEL PRADO (1) LA CASA DE LOS PATOS

HISTORIA

Comenzamos hoy la descripción de los Jardines del Prado con fotos antiguas y actuales.

Desde antiguo fue el lugar que hoy ocupan los jardines del Prado una zona de paseo y esparcimiento de los talaveranos que, además, unía la ciudad con su más significativo monumento, la ermita del Prado. Desde hace siglos tuvo la zona esa misma finalidad y ya aparece en documentos del siglo XVIII como “alameda de recreo”. 

En algunos planos ingleses de la Batalla de Talavera figura sobre la zona del Prado la palabra “gardens”, es decir jardines. Pero es en 1864 cuando se trazan las primeras glorietas. Una noria era la encargada de regar los jardines durante el siglo XIX, hasta que en 1875 se proyecta la primera fuente que tiene un diseño rústico. Pero en 1925, con el proyecto del nuevo parque llamado de Alfonso XIII, Ruiz de Luna diseña la fuente monumental de cerámica y otras de menores dimensiones situadas en las pequeñas “rotondas”.



El periodista Santiago Camarasa describía así el parque en 1930 : «Su hermosa alameda central, con el grandioso fondo de la ermita de la Virgen del Prado- el maravilloso museo de la vieja cerámica talaverana – bordeada toda con pérgolas y grandes macetas, sobre machones de ladrillo; sus magníficas rotondas con la original y grandiosa fuente de cerámica, rodeadas de sencillos y bonitos bancos; sus plazoletas tan lindísimas y atractivas, con blbliotecas públicas -que invaden los lectores-, con grandes jaulas de canarios, de pájaros diversos americanos y dos monos- el encanto de la gente menuda-; su precioso estanque y casita para patos y palomas; su singular rosaleda; su esbelto templete para la música».

Fue el alcalde Justiniano López Brea y el concejal, y gran pintor ceramista, Francisco Arroyo quienes impulsaron con ilusión el proyecto de dotar a Talavera de su zona verde más emblemática. La aportación de Ruiz de Luna fue importantísima y en muchos aspectos desinteresada, también la donación de veintidós mil pesetas que hicieron el marqués de Mirasol y su hermana doña Vicenta de Palavicino ayudó a la ejecución de las obras que fueron dirigidas por el arquitecto municipal Pérez del Pulgar.

Se trata, por su distribución geométrica, de un parque de estilo francés, pero el significativo papel que la cerámica protagoniza en su decoración, la utilización del ladrillo y la importancia que se otorga a las pequeñas fuentecillas, hoy desaparecidas, no deja, en fin, de ser una estética adecuada por la influencia cultural que el legado árabe y mudéjar dejó en las tradiciones talaveranas. No debemos dejar de remarcar la peculiaridad de las construcciones complementarias como el edificio de los urinarios, cuyo aire musulmán hizo que los talaveranos lo bautizaran con el nombre de “La Mezquita” o el elemento que tal vez es el más entrañable de todos: La Casa de los Patos que traemos hoy en fotografías y postales.

LA CASA DE LOS PATOS

Ha sufrido numerosas modificaciones por el desgaste de los años o por vandalismo, aunque permanece la estructura básica original.

Es llamada la casa de las Palomas en algunos textos y postales por ser la parte superior un palomar, aunque la parte inferior sirve de refugio a los patos, que han dado el nombre popular al estanque. Es muy probable que se construyera con la reforma de los años veinte en que intervino Ruiz de Luna que decora el vallado y el mobiliario urbano con cerámica de arista.


La casa de los Patos en la que parece la imagen más antigua de la misma, con el vallado del estanque y diferentes del actual. y las grandes piñas cerámicas en las esquinas. No está aún el kiosko que se instaló posteriormente al este de ella. Postal de la Librería Camino de 1927


La casa de los Patos en una postal de Arribas de 1944. Vallado diferente


La Casa de los Patos en una foto de los años cincuenta.


La casa de los Patos en una postal coloreada de García Garabella de 1954 pero ya con el kiosco junto a ella

La casa de los Patos en una postal de los años 70 ya con el vallado actual

Los talaveranos disfrutando del estanque de los Patos en una postal de los años 70

http://lamejortierradecastilla.com/la-casa-de-los-patos/

lunes, 20 de marzo de 2017

Los Dos Yacimientos Arqueológicos de Alcolea

ALCOLEA Y DOS YACIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS

CAÑADA LEONESA ORIENTAL IX

DOS YACIMIENTOS ARQUEOLÓGICOS Y ALCOLEA



En el entorno del muro del embalse de Azután hay dos yacimientos arqueológicos que visitaremos así como el aula de interpretación de los mismos que se halla en el poblado de El Bercial, uno de esos “pueblos nuevos” de colonización para a continuación visitar el pueblo de Alcolea siguiendo con la cañada.Yacimiento paleolítico de Puente Pino

Cerca del muro del embalse, se sitúan dos importantes yacimientos arqueológicos que están siendo excavados actualmente, uno de ellos es el llamado de Puente Pino, pertenece al paleolítico y está junto al aparcamiento de la presa, dentro de un pinar. Se han encontrado en su estudio numerosos útiles tallados de piedra.

Recreación de taller paleolítico de Puente Pino en el aula de interpretación del yacimiento en El Bercial

También se está excavando un castro de la segunda edad de hierro,un poblado vettón amurallado situado en el cerro de La Mesa, aunque hay una ocupación anterior de la primera edad del hierro, en el conocido como periodo orientalizante. 

En el poblado de El Bercial se ha instalado un aula de interpretación del yacimiento que también es visitable, por lo que podremos conocer los materiales hallados en la excavación y las formas de vida de las gentes que lo habitaron.

Parte del bocado de un caballo decorado del yacimiento de La Mesa

ALCOLEA

Después de hacer las excursiones al muro del embalse con sus yacimientos arqueológicos, o al Bercial de San Rafael, volvemos a la cañada y vamos a Alcolea de Tajo. 

A la izquierda del camino, al sur de la población, se encuentra el paraje de Vaciatrojes. 

Allí se han encontrado restos de animales prehistóricos en las excavaciones de una gravera. Se trata de huesos de mamut (Elephas Antiqus) y de cérvidos (Cervus Elaphus) datados en el cuaternario. 

Junto a ellos también se han hallado cantos rodados tallados por el hombre del paleolítico que cazaba en estas terrazas del Tajo. 

También se está excavando un yacimiento del paleolítico inferior en Puente Pinos, cerca del muro del embalse de Azután.Recreación del yacimiento vettón de La Mesa

Las fértiles tierras ribereñas de los grandes ríos estuvieron pobladas desde la prehistoria por lo que en estas estratégicas vegas de Alcolea, además de con los restos arqueológicos aludidos anteriormente, podemos tropezarnos con yacimientos de la Edad del Bronce situados en elevaciones cercanas. 

Ya hemos visto cómo los romanos dejaron también su impronta en la zona, como en la cercana finca Torrejón. En la finca El Rincón se han encontrado, además de un verraco, capiteles labrados y columnas como muestra del paso de los visigodos por estas vegas.Artesonado mudéjar de la iglesia de Alcolea

La huella musulmana la lleva Alcolea en su propio nombre pues “Al-culay´a” quiere decir “el castillejo” en árabe. Tras la reconquista de la comarca, la que entonces se llamaba Alcolea de Talavera es cedida por Alfonso VI al arzobispo de Toledo D. Bernardo. Pero es en el siglo XIV cuando otro arzobispo, relacionado con estas tierras por las propiedades de su madre doña Juana Duque, funda en la jurisdicción de Alcolea, como más tarde veremos, la Villafranca de la Puente del Arzobispo. Alcolea también estaba vinculada a los señores de Oropesa y eran ellos quienes nombraban a los justicias desde que el rey Felipe II, que la había recibido de los arzobispos toledanos, se la vendió a Cosme de Meneses, de la casa de Oropesa.Arquitectura popular en adobe de Alcolea de Tajo

Desde la fundación de la Villafranca se fue desplazando el centro económico de la zona hacia el entorno del puente por el que cruzaban miles de peregrinos y ovejas merinas. Al mismo tiempo se fue desarrollando una importante actividad artesana en los alfares de Puente del Arzobispo, que fue adquiriendo mayor número de pobladores y aumentando su caserío, aunque su expansión se encontró con el problema de la escasa extensión de su término pues el territorio de Alcolea rodea completamente al pueblo de la cerámica verde.

Si damos un paseo por el caserío de Alcolea podemos observar que su arquitectura popular se caracteriza por el empleo del adobe y el tapial como material de construcción. Es tal vez, junto a Alcañizo, la localidad de la comarca en la que este tipo de edificaciones en barro son más abundantes. De unas charcas cercanas se extraía el barro adecuado que se amasaba con paja para darle más consistencia y resistencia. Un molde llamado “gradilla” daba forma a cada uno de los adobes que más tarde se dejaban secar al sol.Iglesia de Alcolea de Tajo

El ladrillo nos habla también de las tradiciones mudéjares de la comarca y su expresión más hermosa es la original torre de la iglesia parroquial adornada con tres niveles de arquerías. Su advocación es la de Nuestra Señora de la Asunción y se celebra el 15 de Agosto, aunque la fiesta grande del pueblo se dedica a la Virgen de los Dolores el 12 de Mayo continuándose con la festividad de San Isidro el día 15 del mismo mes.

En cuanto a la artesanía, algunos de los talleres de cerámica de Puente se han instalado en el ámbito del pueblo hermano de Alcolea.

http://lamejortierradecastilla.com/alcolea-y-dos-yacimientos-arqueologicos/#more-4012


Los estatutos de limpieza de sangre ( y III )

La crítica y la oposición a los estatutos


Los estatutos de limpieza de sangre fueron criticados por ciertos sectores como en el caso de la catedral de Toledo o el de la Universidad de Salamanca. Una de las personas que mostró una oposición más firme a los estatutos fue Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, quien en una ocasión afirmó que le habría gustado descender de los judíos porque así podría ser "pariente de Cristo Nuestro Señor y de Nuestra Señora la gloriosa Virgen María". Al culto que había a la pureza de sangre Ignacio de Loyola lo calificaba como "el humor español". 

Así pues, los jesuitas admitieron a los conversos, de quienes el rector del colegio jesuita de Alcalá escribió en una carta a Ignacio de Loyola: "se encuentra entre ellos más virtud que entre los cristianos viejos y los hidalgos". 



El sucesor de Ignacio de Loyola como general de la Compañía en 1556 fue un converso, Diego Laínez, lo que suscitó la oposición entre ciertos sectores de la Iglesia. Francisco de Borja, sucesor de Laínez y cristiano viejo, escribió en una carta que para el Señor "no hay acepción de personas ni distinción entre griego y judío, entre bárbaro y escita". Las presiones sobre los jesuitas aumentaron, siendo presentados a veces como un grupúsculo de judíos, hasta que en 1593 aprobaron la exclusión de los conversos. 

Pero la medida fue abolida quince años después al aprobarse que se permitiría entrar a los conversos que hubieran sido cristianos desde hacía cinco generaciones ("la mayoría de los conversos de España para esa fecha habían sido, de hecho, cristianos de cinco generaciones, como resultado de las conversiones obligatorias de 1492", por lo que los conversos podían volver a ser admitidos en la Compañía). 

Poco antes el jesuita Juan de Mariana había escrito en su tratado El rey (1599) una dura crítica a los estatutos de limpieza de sangre argumentando que "las notas de la infamia no deben ser eternas, y es preciso fijar un plazo fuera del cual no deben pagar los descendientes las faltas de sus antepasados".18

Ese mismo año de 1599 se publicó el alegato más rotundo que se había escrito nunca contra los estatutos y que causó una gran conmoción porque su autor había sido miembro de la Inquisición y además era un prestigioso teólogo dominico de 76 años. Se trataba de Agustín Salucio quien en su Discurso planteó dos críticas a los estatutos: que ya no tenían vigencia porque ya no había conversos que judaizaran y que habían traído más males que bienes —"de la paz dicen que no la puede aver estando dividida la república en dos vandos", afirmaba—. Y concluía: "Gran cordura sería assigurar la paz del reyno limitando los estatutos, de manera que de chistianos vejos [sic] y moriscos y confessos, de todos se venga a hazer un cuerpo unido y todos sean christianos viejos y seguros".19

El libro de Salustio, que recibió el apoyo de muchas autoridades civiles y eclesiásticas, abrió una enorme crisis en el seno de la Inquisición. La primera reacción del Consejo de la Suprema Inquisición fue prohibir el libro, pero no pudieron detener su difusión porque Salucio había enviado copias a los procuradores de las Cortes de Castilla, quienes reclamaron la intervención del rey Felipe III para que tomara una resolución ya que «en España más estimamos a un hombre pechero y limpio que a un hidalgo que no es limpio». El valido del rey, el duque de Lerma encargó un informe al inquisidor general quien elogió el libro de Salustio, pero a pesar de ello el libro continuó prohibido.20

Al libro de Salustio le siguieron otros que criticaban los estatutos, algunos de ellos escritos por miembros destacados de la Inquisición. Pero hasta la llegada al poder en 1621 del Conde-Duque de Olivares tras subir al trono Felipe IV no se hizo nada por cambiarlos. En 1623 la Junta de Reformación decretó nuevas normas que modificaban la práctica de los estatutos. Se eliminaban las pruebas de limpieza cada vez que se ascendía o se cambiaba de empleo, no se haría caso de los "rumores" para determinar la limpieza de sangre y tampoco de los testimonios orales que no estuvieran apoyados en pruebas sólidas, así como se prohibía la difusión de las obras en las que aparecían listados de familias de origen judío, como el "Libro verde de Aragón".

Sin embargo, los "consejos, tribunales, colegios mayores y comunidades con estatutos" a los que iba dirigida la reforma parece que la incumplieron, a pesar de que como escribió un miembro de la Junta de Reformación eran causa y principio de mucha multitud de pecados, perjurios, falsedades, pendencias, muertes, pleytos criminales y civiles, y que muchos de los nuestros, viendo que no son admitidos a las honras y oficios de su patria, se hayan ausentado de estos Reynos e ídose a otros, desesperados de verse infamados.

En 1626 el Consejo de la Suprema Inquisición, a instancias del Conde-Duque de Olivares, hizo público, según Henry Kamen, "el más extraordinario documento que jamás saldría de su seno".23 Se trataba de una crítica frontal hacia los estatutos en la que entre otras cosas se decía:

En gran parte se dificultan pensamientos tan conformes a los de Dios si permanecen divisiones tan odiosas y de corages tan sangrientos como los que intervienen entre los que se tienen por limpios y los que reputan por maculados con raza de judaísmo.

Resulta pues que aviendo cessado totalmente lo que dio causa a los estatuos, será prudencia civil y política por lo menos que cesse el rigor en la execución de ellos.

Sin embargo sólo dos años después, el Consejo de la Suprema declaró por mayoría de votos que "tenemos por cierto que es justa y loable la observancia de los estatutos de limpieza". A pesar de todo las críticas a los estatutos continuaron y en ellas se volvió a reiterar que "es cosa absurda y de gran perjuycio".

La decadencia y abolición de los estatutos

Según Henry Kamen, la limpieza de sangre "nunca se aceptó oficialmente en el derecho español, ni en la mayor parte de las instituciones, iglesias ni municipios de España. El daño más profundo fue el que hizo, como sucede con otras discriminaciones raciales, en el ámbito del estatus, el rango social y la promoción. Pero en ningún momento llegó a convertirse en una obsesión nacional. [...] A finales del siglo XVII, los pocos estatutos que aún perduraban estaban siendo abiertamente ignorados y contravenidos a cada paso". La única excepción fue el caso de los chuetas de Mallorca cuya discriminación se mantuvo hasta la segunda mitad del siglo XIX.24

Los ministros ilustrados del reformismo borbónico criticaron los estatutos aunque no los abolieron —el conde de Floridablanca los condenó porque "se castiga la más santa acción del hombre, que es su conversión a nuestra santa fe, con la misma pena que el mayor delito, que es apostatar de ella"—. Por otro lado, en el siglo XVIII la idea de limpieza de sangre se entendió también como limpieza de oficios, es decir, de no haber desempeñado ningún oficio o comercio servil.25 Como prueba de su larga pervivencia se puede citar que en una fecha tan tardía como 1804, el rey Carlos IV estableció que ningún caballero de orden militar se podía casar sin que un consejo determinara la pureza de sangre de la cónyuge.

Los estatutos de limpieza de sangre fueron abolidos por una Real orden del 31 de enero de 1835, en el marco de la Revolución liberal española que puso fin al Antiguo Régimen, aunque hasta 1859 se mantuvo para los oficiales del ejército. Una ley de mayo de 1865 abolió las pruebas de limpieza de sangre para los matrimonios y para ciertos cargos civiles y militares.25 27 Ese mismo año se permitió que aquellos cuya pureza de sangre no se podía establecer (es decir, los nacidos fuera de matrimonio) podían ingresar en la educación religiosa superior28 y un año después, se eliminó el examen de pureza de sangre como condición de admisión a la educación superior laica. En 1870, la pureza de sangre dejó de ser un criterio para la admisión a cargos de profesor o en la administración pública.

Los estatutos en América

Numerosos edictos figuran en la Recopilación de las Leyes de Indias, que impedían a los conversos, sus descendientes y a los reconciliados por la Inquisición, trasladarse a América.30 Esa reiteración repetida se ha considerado indicio, por algunos autores, de que estas disposiciones habrían sido ignoradas muchas veces.

Fuente: Wikipedia

domingo, 19 de marzo de 2017

La Doble detención del «Pajero»: por homicidio (1905) y por prófugo (1918)

Un sangriento suceso ocurrido en noviembre de 1905 a las puertas de una casa de lenocinio regentada por Concha González en la calle de la Prensa, en el barrio de La Candelaria de Toledo

De izquierda a derecha, Manuel Galán del Verbo, su hermano Gregorio y Bernabé Rodríguez, procesados por el asesinato del cabo Sangenis 

Fotograbado, Pablo Santamaría, 
«Heraldo Toledano»)

Bajo el título de «El crimen del martes», el nueve de noviembre de 1905, el semanario «La Campana Gorda» daba cuenta de un sangriento suceso ocurrido a las puertas de una casa de lenocinio regentada por Concha González en la calle de la Prensa, en el barrio de La Candelaria de Toledo.



En el mismo resultó muerto el cabo de la Zona de Reclutamiento Lorenzo Sangenis Llivit, apuñalado por los hermanos Manuel y Gregorio Galán del Verbo, conocidos como los «Pajeros».

Cerca de la medianoche de aquel día, el sereno Isaac Magán y el guardia municipal Julián Pérez hacían su ronda por los alrededores del Alcázar, sede de la Academia de Infantería, cuando oyeron voces procedentes del citado burdel y la vecina taberna del «Botijo», propiedad de Miguel Bermúdez. En el camino se toparon con tres hombres que huían en dirección contraria. 

Les dieron el alto y procedieron a su detención. Con ellos llegaron al lugar de los hechos, donde encontraron a un militar tendido en el suelo, sangrando abundantemente por una herida de arma blanca en la ingle izquierda. Pocos minutos después falleció en brazos del agente local.Patio del penal de Figueras de donde en 1918 se fugó el menor de los “Pajeros” (Foto, Servicio de Bibliotecas, Diputación de Girona)

Instruida la causa judicial, fueron acusados del homicidio los hermanos Galán, así como Bernabé Rodríguez, «Cachumbo», a quien se le imputaba como encubridor. Dado que los tres tenían la condición de reclutas condicionales, una de las diferentes situaciones en que podían encontrarse los mozos de la época de acuerdo con la Ley de Reclutamiento y de Reemplazo del Ejército, el asunto fue trasladado a la jurisdicción militar, fijándose el Consejo de Guerra para el día 29 de enero de 1907 en el Cuarto de Banderas del Alcázar.

Como los procesados eran muy conocidos entre las clases populares de la ciudad, su traslado desde la cárcel provincial hasta el lugar del juicio levantó gran expectación. Para evitar incidentes, fueron conducidos en automóvil. 

El lugar elegido para celebrar la vista se quedó pequeño, siendo bastantes las personas que pugnaban por ver y oír cuanto allí sucedía. Durante cinco horas se sucedieron las declaraciones de los procesados y un considerable número de testigos: desde la dueña del lupanar y sus pupilas hasta quienes estaban con ellas o en la taberna del «Botijo».

Por las declaraciones realizadas, confusas y en ocasiones contradictorias, quedó latente que la muerte de Sangenis fue el dramático desenlace a una disputa tabernaria entre los hermanos Galán y varios parroquianos, iniciada al sospecharse que uno de ellos, Agustín Ancos, conocido por «Caminero», podría llevar escondida una pistola. En el lugar de los hechos también se encontraba el militar con una de las mujeres que ofrecía sus servicios en la mancebía. 

Tras «obsequiarse» entre ellos a algunas copas de vino, Sangenis se marchó a otra cantina cercana junto a otros amigos. En tanto, los contendientes pasaron de las palabras a las manos y estaban peleándose en la calle. Oído el jaleo, el cabo regresó, intentando aplacar la trifulca, pero Manuel, el mayor de los «Pajeros» le sujetó por la espalda y le arrebató su bayoneta, momento en que su hermano le apuñaló con una navaja. 

Según algunos de los testigos entre los hermanos Galán y Sangenis ya había cierta enemistad a raíz de un enfrentamiento tenido tiempo atrás cerca de la ermita de la Virgen del Valle. Antes de huir corriendo, Gregorio entregó el arma ensangrentada a Bernabé Rodríguez, para que la ocultase.Cercanías del Alcázar de Toledo donde en se prodigaban las casa de mancebía y tabernas (Foto Rodríguez, AHPTO

Respondiendo al gran interés despertado por el Consejo de Guerra, el director de «Heraldo Toledano», Federico Lafuente, consiguió publicar unas fotografías de los encausados, que fueron divulgadas en su edición del día 31 de enero junto a un detallado resumen de cuanto había ocurrido en la vista. Dado el carácter militar de la causa, la sentencia debía ser ratificada por el capitán general, por lo su conocimiento se demoró. Durante ese periodo los tres procesados permanecieron en la cárcel provincial. El fallo condenaba a Gregorio Galán del Verbo a la pena de muerte, a su hermano Manuel a cadena perpetua y a Bernabé Rodríguez a seis años de prisión.

Soltero, jornalero de profesión y con 23 años de edad, Gregorio sumaba así otra condena más a su historial delictivo, pues ya había estado en prisión cumpliendo dos penas de cinco días y de dos meses y un día, esta última por lesiones. Ninguno de los otros juzgados tenía antecedentes. Manuel, viudo y de 29 años, era electricista, y Bernabé, soltero y también de 23, albañil.

Pocos días después de conocerse la sentencia, y aprovechando la celebración de una fiesta organizada por la Academia de Infantería, un nutrido grupo de toledanos, encabezado por el alcalde José Benegas, entregó una carta al infante don Alfonso de Orleáns y Borbón, nieto de Isabel II, por entonces cadete en Toledo, pidiéndole que intercediese ante el rey Alfonso XIII para que fuesen indultados cuantos reos condenados a muerte había en la prisión de la ciudad, entre ellos el «Pajero», evitando «a Toledo la pena de ver alzarse entre sus muros históricos y sus joyas de arte la figura fatídica el patíbulo». La petición tuvo efecto y el 23 de mayo, en la «Gaceta de Madrid» se publicaba la conmutación de la máxima pena a Gregorio Galán por la de cadena perpetua, que cumpliría en el penal de Figueras.

En Toledo no volvieron a tenerse noticias suyas hasta 1918. El 26 de octubre en las páginas de «La Vanguardia» se daba cuenta de que Gregorio Galán, junto a otro recluso, Antonio Holgado, se habían fugado de la prisión gerundense. Lo hicieron en automóvil, aprovechando la complicidad de la hija del director del penal, quien mantenía relaciones amorosas con el segundo huido.

Rápidamente surgieron rumores de que el prófugo se había trasladado hasta Toledo para esconderse. Los dimes y diretes no iban desencaminados. Tras visitar a su madre y a su hermana, vecinas del barrio de San Cipriano, quienes le facilitaron algo de dinero, el «Pajero» se trasladó a Aranjuez, aunque no tardó en regresar a su ciudad natal.

Una noche, cubriendo su cabeza hasta la altura de los ojos con una gorra y embozado en una bufanda, se acercó hasta la plaza del Zocodover donde compró una docena de cangrejos en un puesto callejero. Pidió al vendedor, conocido con el sobrenombre de «Pierre», que fuese con él a una taberna próxima para pagárselos. Pero en vez de hacerlo, le obligó a acompañarle por varios cafés y tascas. Cuando éste insistió en que se le abonase lo debido para volver a su puesto, en vez de conseguir su propósito, logró que Gregorio le amenazase descubriéndole quien era y conminándole a seguirle hasta una casa de mala nota en la calle de la Candelaria. Así lo hicieron, deteniéndose durante el trayecto en algunas tabernas más.

Mientras tanto, la Guardia Civil, alertada de que el prófugo andaba por Toledo y se escondía en uno de los lupanares próximos al Alcázar, salió en su búsqueda. Al mando del sargento Agustín Fernández Abrados, varios números le localizaron en un burdel conocido como la «casa de las borrachas». Sorprendido, el huido no opuso resistencia, alzando voluntariamente los brazos ante la contundencia de las pistolas que empuñaban los miembros de la Benemérita. Al ser cacheado, en su poder solamente llevaba un cigarrillo y una moneda de diez céntimos, cantidad con la que difícilmente podía saldar la deuda contraída con el amedrentado «Pierre», quien de forma tan involuntariamente acompañó al prófugo en sus últimos momentos de libertad. Conducido de nuevo a la cárcel provincial, el «Pajero» quedó allí custodiado hasta ser trasladado de nuevo al penal de Figueras.

ENRIQUE SÁNCHEZ LUBIÁN - @abc_toledo Toledo13/03/2017
http://www.abc.es/espana/castilla-la-mancha/toledo/abci-doble-detencion-pajero-homicidio-1905-y-profugo-1918-201703132156_noticia.html

Los estatutos de limpieza de sangre ( II )

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Así que en septiembre de 1547 el estatuto fue suspendido, pero en 1555 el papa lo aprobó y a continuación Felipe, ya rey, lo ratificó. Al parecer fue convencido por varios de sus consejeros antijudíos y por el propio arzobispo Silíceo, cuando afirmó que "todas las herejías que han ocurrido en Alemania y Francia fueron sembradas por descendientes de judíos, como ya hemos visto y vemos diariamente en España".11

En su afán por conseguir la introducción del estatuto de limpieza de sangre en la catedral de Toledo, el cura Melchor Izo llegó a falsificar una supuesta Carta de los judíos de Constantinopla enviada a los judíos de Zaragoza en 1492 para aportarla como "prueba" de la existencia de un complot de los judíos para a través de los conversos acabar con los cristianos y "violar sus templos, y profanar sus sacramentos y sacrificios".12

En la Universidad de Salamanca se intentó introducir un estatuo de limpieza de sangre en 1562 pero el claustro resolvió "que por agora no se hiciese". Tres años antes había sido nombrado catedrático de hebreo un conocido converso, Martín Martínez de Cantalapiedra, como antes de él lo había sido otro, Pablo Coronel.



Hacia 1570-1580 las instituciones que exigían pruebas de sangre eran relativamente pocas, aunque los conversos vieron muy limitadas sus posibilidades de ascenso social al no poder acceder a algunas de ellas, como los colegios mayores o las órdenes militares. 

Según Henry Kamen, las "comunidades del estatuto", como se las llamaba, se reducían "a los seis colegios mayores de Castilla, a algunas órdenes religiosas (jerónimos, dominicos y franciscanos); a la Inquisición [que aprobó su estatuo de limpieza de sangre en 1572] y algunas catedrales (Toledo, Sevilla, Córdoba, Jaén, Osma, León, Oviedo y Valencia). Prácticamente sólo un sector secular se veía afectado por los estatutos: las órdenes militares, (la orden de Santiago adoptó uno de estos estatutos en fecha tardía, en 1555) y su órgano administrativo, el Consejo de Órdenes. 

Algunos asuntos legales, como el del mayorazgo, también establecieron condiciones de limpieza de sangre. Finalmente, un puñado de municipios y de hermandades, repartidas por Castilla, practicaban también la exclusión". Sin embargo, alguna de estas instituciones eran muy importantes, como es el caso de los colegios mayores, ya que la exclusión de los conversos significaba cerrarles el paso a ocupar los altos cargos eclesiásticos y estatales, o el de las órdenes militares, ya que las encomiendas eran una de las formas de acceder a la nobleza. "El panorama, evidentemente, era negro para los conversos", afirma Kamen.

"El reducido número de instituciones provistas de estatuto... desmiente la idea de que una especie de obsesión por la limpieza de sangre estaba asolando el país", afirma Kamen, y además "los estatutos nunca formaron parte del derecho público español y nunca figuraron en ningún cuerpo de derecho público. Su validez estaba restringida sólo a aquellas instituciones que los habían adoptado". Por otro lado, los estatutos existían casi exclusivamente en la Corona de Castilla. En Cataluña eran desconocidos. 

Asimismo los estatutos siempre fueron muy criticados, no gozaron de amplia aceptación y en muchos casos no se cumplieron -por ejemplo, en 1557, un año después de que Felipe II confirmara el estatuto de la catedral de Toledo, fue nombrado como canónigo un converso-, además de que se podían burlar mediante el soborno o la presentación de pruebas falsas.14 Y para entrar en la nobleza no se exigía la limpieza de sangre, aunque los conversos condenados por la Inquisición por herejía podían ser excluidos.15

Sin embargo, la barrera de la limpieza de sangre existía. Los que tenían que acceder a determinados cargos debían demostrar que entre sus antecesores no había habido nadie condenado por la Inquisición o que era judío o musulmán. Si las pruebas genealógicas que presentaba no eran consideradas suficientes, se nombraba una comisión que visitaba las localidades donde podía obtener información y tomar declaraciones juradas a testigos acerca de los ascendientes del pretendiente —en ocasiones un simple rumor era suficiente para dudar de su "limpieza de sangre"—. El proceso podía durar años y eran frecuentes los sobornos y el perjurio para demostrar que se era "cristiano viejo".16

Pero lo que más preocupaba a los contemporáneos era que la "infamia" que recaía sobre una persona también recaía sobre su familia y sus descendientes. De ahí que las sentencias de los tribunales que conllevaban vergüenza pública fueran más temidas que la pena de muerte. Se consideraba que el estigma que recaía sobre una persona y sobre un linaje era perpetuo, y ni siquiera el bautismo lo podía borrar. 

Esta doctrina —"básicamente racista", según Kamen— fue fomentada por la Inquisición con su costumbre de colgar en un lugar visible los sambenitos una vez que los condenados habían finalizado el período de castigo "para que siempre aya memoria de la infamia de los herejes y de su descendencia". Incluso cuando los sambenitos se hacían viejos se reemplazaban por otros nuevos para que la "infamia" de un linaje no se olvidara. Esta costumbre se mantuvo hasta finales del siglo XVIII. "Estos sambenitos eran profundamente odiados no sólo por las familias afectadas, sino también por las comarcas a las que pertenecían las iglesias donde se colgaban, a las que acarreaban ignominia".

Fuente: Wikipedia


sábado, 18 de marzo de 2017

Los Estatutos de limpieza de Sangre ( I )

Musulmanes de principios del siglo XV. Retablo de la catedral de Barcelona pintado por Jaume Huguet (1412-1492)

Los estatutos de limpieza de sangre fueron el mecanismo de discriminación legal hacia las minorías españolas conversas bajo sospecha de practicar en secreto sus antiguas religiones -marranos en el caso de los antiguos judíos y moriscos en el de los antiguos musulmanes- que se estableció en España durante el Antiguo Régimen. 

Consistían en exigir (al aspirante a ingresar en las instituciones que lo adoptaban) el requisito de descender de padres que pudieran asimismo probar descendencia de cristiano viejo. Surgen a partir de la revuelta de Pedro Sarmiento (Toledo, 1449), a consecuencia de la cual se redactó la Sentencia Estatuto y otros documentos justificativos, que a pesar de ser rechazados incluso por el papa Nicolás V, tuvieron una gran difusión en gobiernos municipales, universidades, órdenes militares, etc.

Su principal problema, y que causó el rechazo inicial por el papado, era el hecho de que presuponían que ni siquiera el bautismo lavaba los pecados de los individuos, algo completamente opuesto a la doctrina cristiana.



Posteriormente, y para justificar una segregación de posiciones de poder (incluido el económico) que podían adquirirse durante la colonización española de América los estatutos se emplearon para impedir que ciertos españoles libremente pudiesen asentarse en las Américas, limitando su emigración.

Orígenes

Hace años Américo Castro situó el origen de la idea de la "limpieza de sangre" en la tradición judía: "Quienes realmente sentían el escrúpulo de la limpieza de sangre eran los judíos. Gracias a las traducciones de A. A. Neuman conocemos las opiniones legales («responsa») de los tribunales rabínicos, lo cual permite descubrir su antes velada intimidad. Aparece ahí una inquietud puntillosa por la pureza familiar y el qué dirán, por los «cuidados de honor» tan característicos de la literatura del siglo XVII. El judío minoritario vivió a la defensiva frente al cristiano dominador, que lo incitaba o forzaba a conversiones en las que se desvanecía la personalidad de su casta. De ahí su exclusivismo religioso, que el cristiano no sentía antes de fines del siglo XV, si bien más tarde llegó a convertirse en una obsesión colectiva".1

El hispanista británico Henry Kamen también ha relacionado los orígenes de los estatutos de limpieza de sangre con el concepto de "honor", pero no lo achaca a los judíos sino a los cristianos, entre los que el honor en su nivel más simple se basaba en la opinión que tuvieran los vecinos acerca de una persona y que quedaba comprometido por un crimen, por una conducta inapropiada. Era, pues, un concepto social. Los marginados no tenían honor. Tampoco los que profesaban otra religión, como judíos y musulmanes. En el siglo XV con las conversiones masivas de judíos tras las terribles matanzas de 1391 y el ascenso social de estos cristianos nuevos, "lo que comenzó como una discriminación social se convirtió... en antagonismo social y en racismo". 

Se fue difundiendo la idea, sobre todo en Castilla, de que los "cristianos viejos poseían honor por el mero hecho de no llevar sangre judía en sus venas... «Aunque pobre —dice Sancho Panza—, soy cristiano viejo y no debo nada a nadie»".2 Entre la nobleza hispana era costumbre desnudar el brazo de la espada a fin de mostrar que las venas se podían ver claramente bajo la piel, es decir, que ellos provenían de familias hispanas puras, sin mezcla con gente de piel oscura (esta costumbre dio origen a la leyenda de que la nobleza es de "Sangre azul")3

Los primeros casos de marginación de los judeoconversos aparecen en las décadas iniciales del siglo XV -en 1436 la ciudad de Barcelona prohibió que los conversos pudieran ejercer como notarios; en 1446 Villena obtuvo un privilegio del rey de Castilla por el que los conversos no podían residir en su término- pero fue en las décadas centrales del siglo —durante las que tanto la Corona de Castilla como la Corona de Aragón atravesaron por una grave crisis política y social— cuando la discriminación hacia los conversos cobra mayor significación. El caso más importante fue el de la revuelta anticonversa de Toledo de 1449, encabezada por Pedro Sarmiento, durante la cual se aprobó la "Sentencia-Estatuto".4

La "Sentencia-Estatuto" de Toledo fue el primer estatuto de pureza de sangre,5 "Vistas sus herejías, sus crímenes y sus rebeliones contra los cristianos viejos de la ciudad, juzgaron que los conversos eran indignos de ocupar cargos, privados o públicos, en la ciudad de Toledo y en todo el territorio de su jurisdicción».6

Sin embargo, el rechazo que suscitó la Sentencia-Estatuto entre juristas y eclesiásticos muestra que la idea de la discriminación hacia los "cristianos nuevos" no estaba tan extendida. El jurista Alfonso Díaz de Montalvo señaló que un judío bautizado no podía ser tratado de forma diferente a un gentil bautizado. El secretario del rey Fernán Díaz de Toledo, de origen converso, redactó una Instrucción dirigida a su amigo Lope de Barrientos, obispo de Cuenca y canciller del rey, en la que destacaba los orígenes conversos de las principales familias nobles de Castilla. 

El cardenal dominico Juan de Torquemada, también de origen converso, en su Tractatus contra Medianitas et Ismaelitas (1449) asimismo criticó la Sentencia-Estatuto. Pero la refutación más importante fue la de Alonso de Cartagena —obispo de Burgos e hijo del converso Pablo de Santa María— quien en su Defensorium Unitatis Christianae (1449-1450) señaló que la Iglesia católica era el hogar natural de los judíos, un argumento que fue continuado por Alonso de Oropesa, también converso y general de los jerónimos, en su Lumen ad revelationem gentium (1465)

La propagación de los estatutos

Según Henry Kamen, "fue sin duda la Inquisición la que, a partir de 1480, dio mayor impulso a la propagación de la discriminación [contra los conversos]. El antagonismo social, del que ya muchos españoles eran conscientes, fue aumentando en ese momento con el espectáculo de miles de judaizantes, a los que se había hallado culpables de prácticas heréticas y a los que se había condenado a la hoguera. Parecía como si la religión verdadera debiera ser protegida excluyendo a los conversos de todos los cargos importantes". Precisamente la primera institución que adoptó un estatuto de limpieza de sangre, el Colegio Mayor de San Bartolomé, en Salamanca, lo hizo en 1482, el mismo año en que empezó la Inquisición a actuar en la ciudad. 

Por esas fechas, el Colegio de San Clemente en Bolonia, que acogía a muchos castellanos, excluyó a "aquellos que habían huido de Sevilla [en 1480, año en que empezó a actuar allí la Inquisición] por no ser christianos viejos". En 1488 extendió la prohibición a todos los conversos, tras conocerse el asesinato del inquisidor Pedro Arbués en Zaragoza en 1485, que se había licenciado en el colegio. Otros colegios mayores también adoptaron estatutos discriminatorios, como el de Santa Cruz de Valladolid en 1488 o el de San Ildefonso en 1516. Asimismo algunas instituciones eclesiásticas también los adoptaron, como el monasterio de Santo Tomás de Aquino de Avila —petición que fue formulada al papa en 1496 por el inquisidor general Tomás de Torquemada— o los cabildos de las catedrales de Badajoz (1511) y de Sevilla (1516).8

Sin embargo la Inquisición adoptó una norma de "limpieza de sangre" menos restrictiva pues en su reglamento aprobado por Torquemada en 1484 sólo se excluía a los conversos e hijos y nietos de conversos condenados por el Santo Oficio. Esta práctica fue respaldada y extendida a todas las instituciones por los Reyes Católicos cuando en 1501 promulgaron dos decretos en los cuales se establecía que ningún hijo de condenado por la Inquisición podría ocupar ningún cargo o ser notario, escribano, médico o cirujano.9 Asimismo ningún hijo ni nieto de quemado por la Inquisición hasta la segunda generación, podría tener oficio de Consejero real, oidor, secretario, alcalde, alguacil, mayordomo, contador mayor, tesorero, ni ningún otro cargo, sin especial permiso de la Corona.

Los Reyes Católicos establecieron la discriminación a los conversos que habían sido penitenciados por la Inquisición —y a la primera o segunda generación de sus descendientes— pero no a todos los conversos en general. Los estatutos de limpieza sangre que incluían a todos los conversos fueron decididos por cada institución de forma independiente.10

Al parecer la primera orden religiosa que aplicó la exclusión de los conversos fue la de los dominicos en 1489, a la que siguieron los jerónimos en 1493, después de que pocos años antes la Inquisición condenara y quemara a cinco de sus miembros por judaizar. Los franciscanos la aprobaron treinta años más tarde, en 1525, no sin una fuerte oposición interna.7

Retrato de Juan Martínez Silíceo, arzobispo de Toledo, por Francisco de Comontes.

En cuanto a las sedes episcopales muy pocas adoptaron estatutos de limpieza de sangre (Sevilla, Córdoba, Jaén, Osma, León, Oviedo y Valencia), aunque la más importante, Toledo, sí que lo hizo, no sin que se produjera una fuerte polémica en la que se vio envuelto el papado y la monarquía, y en la que se puso de manifiesto las fuerte oposición que existía a su implantación. Durante muchos años los miembros del cabildo de la catedral de Toledo se habían resistido a que se introdujera un estatuto de limpieza de sangre para acceder al mismo, hasta que el nuevo arzobispo nombrado en 1546 Juan Martínez Silíceo, que se sentía muy orgulloso de ser un cristiano viejo, se opuso al nombramiento de un converso -cuyo padre había sido condenado por la Inquisición- para una canonjía vacante de la catedral. 

Silíceo logró que el papa revocara el nombramiento —en una carta le dijo que si se le admitía convertiría la sede toledana en una "nueva sinagoga"— y a continuación, el 23 de julio de 1547, convocó una reunión del cabildo en la que por 24 votos contra 10 se aprobó un estatuto de limpieza de sangre. Inmediatamente protestaron los arcedianos de Guadalajara y de Talavera, que amenazaron con apelar al papa, y también se opuso el ayuntamiento de Toledo porque despertaría "odios y perpetuas enemistades", por lo que pidió la intervención del príncipe Felipe, que gobernaba los reinos peninsulares en ausencia de su padre, el rey Carlos V. Aquel pidió la opinión al Consejo de Castilla que recomendó la suspensión del estatuto por considerarlo "ynjusto y escandaloso" y porque "de la execución dél se podrían seguir muchos ynconvenientes", opinión que fue compartida por una junta del clero convocada a tal efecto, y por la Universidad de Alcalá que lo condenó como fuente de "discordia sembrada por el diablo". 

Wikipedia



Prostitutas y Barraganas en la Edad Media ( II)

Resultado de imagen de Prostitutas y Barraganas en la edad mediaEl celibato sacerdotal y las concubinas, barraganas , amantes o compañeras de los clérigos

Fue precisamente en España en el concilio de Elvira (300-306), c. 33 donde por primera vez se «prohibió totalmente a los obispos, presbíteros y diáconos y a todos los clérigos que ejercieran el ministerio sagrado, el uso del matrimonio con sus esposas y la procreación de hijos.

Aquel que lo hiciere será excluido del honor del clericalato».

Pero este canon estaba destinado a una concreta Iglesia local o, en todo caso, nacional. El Concilio I de Nicea rechazó la pretensión de algunos Padres conciliares de imponer el celibato o la continencia conyugal a los ministros de la Iglesia.

Las primeras disposiciones en torno al celibato, para toda la Iglesia occidental, se deben al papa Silicio (384-399), quien en el sínodo romano del año 385 lo aconsejó solamente a los presbíteros y diáconos; pero posteriormente convirtió este consejo sinodal en obligación en cartas dirigidas al obispo Himerio de Tarragona y a los obispos del norte de África:



«Todos los levitas y sacerdotes estamos obligados por la indisoluble ley de estas sanciones, es decir que desde el día de nuestra ordenación, consagramos nuestros corazones y cuerpos a la sobriedad y castidad, para agradar en todo a nuestro Dios en los sacrificios que diariamente le ofrecemos. Mas los que están en la carne, dice el vaso de elección, no pueden agradar a Dios» (Rom. 8, 8)34.

Las Iglesias de las Galias, después de haber recibido una carta de Inocencio I (404) en ese mismo sentido, impusieron el celibato a presbíteros y diáconos en los sínodos de Orange (441) y de Arlés (524)35. El papa León I Magno (440-461), por razones de justicia,autorizó de nuevo a cohabitar con sus esposas a los clérigos casados antes de la ordenación, pero los exhortaba a observar la continencia; y fue el propio León Magno quien extendió la ley del celibato a los subdiáconos de la Iglesia occidental.

Todas estas normas sinodales y pontificias no imponían a los clérigos propiamente el celibato, es decir, la obligación de no casarse, sino la de observar continencia con sus esposas, porque en realidad aunque se les prohibía el matrimonio, sin embargo, si se casaban, su matrimonio era ilícito, pero no valido36. En el siglo XI existían numerosos sacerdotes casados o amancebados. En esta época, como hemos dicho, el matrimonio que estos sacerdotes concertaban no era inválido sino ilícito, contrario al derecho.

La legislación canónica, que preveía la destitución de los clérigos casados, se aplicaba con laxitud, e incluso había caído en desuso. Un sacerdote casado, buen esposo y buen padre, no siempre era juzgado de forma desfavorable. Fueron los reformadores de la llamada reforma gregoriana quienes, en la segunda mitad del siglo XI, los que tomaron, para la Iglesia de occidente, una postura radical: el matrimonio intentado por tales sacerdotes era un vínculo no sólo ilícito, sino inválido.Asimismo la mujer del sacerdote era siempre una concubina y sus hijos bastardos.

El papa León IX (1049-1054), el primer papa reformador, apenas se ocupó de este tema. Los decretos del papa Nicolás II en el concilio de Letrán de 1059, que acompañan de grandes sanciones la prohibición a los presbíteros de contraer matrimonio, fueron el primer signo de un esfuerzo perseverante de reforma.

Por su parte, Gregorio VII puso en vigor las mismas disposiciones en el concilio romano de marzo de 1074. El Concilio II de Letrán de 1139, en su c. 6, prohíbe el matrimonio y el concubinato de los clérigos ordenados de órdenes mayores. Condenas que se repiten en el Concilio III de Letrán de 1179, cc. 7, 10 y 15.

El Concilio IV de Letrán dedica los cánones 14 a 22 a la reforma de la vida clerical: prohiben la incontinencia (14), las borracheras (15); la gestión de los cargos seculares, la disipación en los espectáculos, tabernas, juegos de azar; el lujo y la fantasía en el vestido (16); la participación en los convites (17); en la ejecución de las sentencias capitales y los duelos (18); recuerdan a los clérigos la obligación de asistir al servicio divino (17), vigilar la decencia de las iglesias (19); conservar en lugar seguro las especies sacramentales y el santo crisma (20); condenan todas las formas de simonía, todas las exacciones ilícitas (cc. 62 a 66).

En concreto el c. 14 afirma: «14. Del castigo de los clérigos incontinentes. En cuanto a las costumbres y la conducta de los clérigos, que todos se esfuercen en vivir según la continencia y la castidad, sobre todos aquellos que están ordenados de órdenes mayores. Que eviten el pecado de sensualidad –aquel, netamente, que llama del cielo la cólera de Dios sobre los hijos de rebelión (Efesios 5,6)– a fin de servir a Dios todopoderoso con el corazón puro y con el cuerpo íntegro. Pensando que un perdón demasiado fácil incita a pecar,establecemos que los clérigos encontrados en flagrante delito de incontinencia, hayan pecado gravemente o no, sean condenados con sanciones canónicas, que se les aplicarán con eficacia y rigor, a fin de que allí donde el miedo de Dios no consigue la preservación del mal,la pena temporal descarte el pecado.

Cualquiera que sea suspendido por esta causa de la celebración de los santos misterios, no será solamente privado de sus beneficios, sino que, por esta doble falta, depuesto a perpetuidad. Los superiores que sostengan a tales pecadores en su mala conducta, sobre todo si lo hace por dinero o cualquier otra ventaja temporal, caerán en la misma sanción»37. Esta es la historia, a grandes rasgos, de la imposición del celibato en los clérigos de órdenes mayores: subdiácono, diácono, presbítero y obispo, en la Iglesia de occidente, en la que se toma como definición última la del Concilio IV de Letrán

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viernes, 17 de marzo de 2017

Prostitutas y Barraganas en la Edad Media ( I )

Resultado de imagen de Prostitutas y Barraganas en la edad mediaEl comercio sexual con mujeres fue corriente entre los judíos desde los tiempos bíblicos, de forma que en el Antiguo y Nuevo Testamento se mencionan varios casos de mujeres prostitutas, sin que los relatos veterotestamentarios induzcan a pensar que los israelitas consideraran como especialmente censurable la conducta de estas mujeres. 

A lo largo de la Edad Media, la prostitución debió ser una práctica usual en todas las comunidades hispano-hebraicas de cierta importancia, pese a que la documentación no ofrece noticias al respecto. 



No obstante, es seguro que las prostitutas judías no atendían tan sólo a la población hebrea sino también a la cristiana, ya que, como quizá es conveniente recordar, el mantenimiento de relaciones sexuales entre miembros de diferente credo religioso solo se prohibía en el caso de judío o musulmán con cristiana, pero no a la inversa. 

Resultado de imagen de barraganas edad mediaPor otra parte, y aunque no pueda considerarse como una actividad propiamente profesional, hay que dejar constancia de que en ocasiones las mujeres judías servían también a los cristianos como concubinas o barraganas, que gozaban de ciertos derechos reconocidos por la costumbre tradicional. 

Pero, en buena lógica, esta práctica era mucho más frecuente entre miembros de la misma religión, pese a que la documentación no ofrezca tampoco muchas noticias al respecto. Asimismo serían muy frecuentes estas relaciones entre judíos y judeoconversos.

En la Edad Media la prostitución era considerada un fenómeno inevitable; de hecho sólo hacia la mitad del siglo XIII se le ocurrió, por primera vez, a san Luis (Luis IX) rey de Francia y su séquito franciscano la idea de suprimirla. En general no existía tanto un desprecio moral de la prostitución así como una hostilidad social hacia las propias prostitutas que eran consideradas la hez de la sociedad y que los buenos “burgueses” de las ciudades detestaban ver cerca de sus residencias. La primera solución tomada consistió casi exclusivamente en expulsar a las prostitutas de las calles “buenas” de la ciudad (en Toulouse ya en 1202) y en limitar lo que podríamos llamar sus derechos civiles. Se les prohibía tocar los productos en el mercado, llevar los mismos vestidos y velos que las mujeres honradas y se permitía a los ciudadanos “honorables” infligir castigos (arrancar velos, golpear a una prostituta que hubiese insultado a un burgués, echarlas de las calles “buenas”).

De hecho los barrios dedicados a la prostitución surgieron inevitablemente en las afueras de la ciudad, en parte porque cualquier prostituta que actuase en una calle “buena” corría el peligro de ser expulsada por las autoridades municipales o incluso por los vecinos enfurecidos. Poco a poco la política pública pasó de expulsar a las prostitutas de las calles “buenas” o prohibir su presencia dentro de las murallas de la ciudad,a designar definitivamente un distrito oficial, una zona donde las prostitutas podían y debían residir. Fijar ese lugar y convencer a los ciudadanos de que lo aceptasen no fue tarea fácil y requirió mucha colaboración por parte de los ciudadanos.

Pero la creación de un barrio oficial para las prostitutas valió la pena, pues permitió la imposición de un orden público y garantizó una cierta estabilidad. La idea de crear barrios dedicados a la prostitución se extendió rápidamente. Las primeras noticias son de Francia, donde en los años posteriores a la peste negra o muerte negra, 1348-1350, en la segunda mitad del siglo XIV muchos municipios decidieron que la mejor manera de resolver los problemas relacionados con el control de la prostitución era crear un burdel que fuese propiedad de la ciudad.

Al mismo tiempo que se establecieron los burdeles municipales, se adoptaron otras medidas para controlar la prostitución. Las mujeres públicas fueron obligadas a llevar un distintivo para evitar cualquier confusión con las mujeres “honestas”.

Al convertirse el arriendo de los burdeles en un comercio oficial, la alcahuetería particular, que había sido tolerada en el pasado, pasó a ser una actividad prohibida. La prostitución municipal era monopolio muy bien protegido. ¿Cómo justifican los contemporáneos semejante sistema? La respuesta era consecuente: un centro de prostitución se creaba para “evitar un mal mayor”.

Los historiadores han especulado acerca de lo que podría ser ese mal mayor; algunos piensan que la causa era porque su existencia iba habitualmente unida a la de la explotación de prostitutas por rufianes, de modo que el enlace con el mundo del delito era casi inevitable; otros la homosexualidad; otros la amenaza que constituían los clientes potenciales para las mujeres “honestas” de la ciudad. Pero la verdadera amenaza para las mujeres “honestas” no venía tanto de los clientes de las prostitutas como de las propias prostitutas.

La sexualidad femenina, a menudo considerada insaciable en la Edad Media, angustiaba al hombre medieval que temía que su mujer o sus hijas pudiesen estar tentadas de seguir el ejemplo de las prostitutas, sobre todo teniendo en cuenta las ventajas materiales que podía reportar una vida libertina. Por ello los hombres consideraron prudente aislar la prostitución en una zona definida de la ciudad, lejos de la vista de sus mujeres e hijas.

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Suena de nuevo la bigornia en Toledo

Pica la pendiente cuesta arriba, caminando a la vuelta desde San Lucas, por San Juan de la Penitencia. Bellísima la mañana, fría y gris, un manto de nubes apretado resbala raudo y rasante sobre la ciudad, levemente arañado por las puntas de las espadañas y la aguja catedralicia. 

Patio de la antigua casa-herrería de Julio Pascual. Calle San Juan de la Penitencia nº 13, Toledo

La ventisca juega entre las casas y saca de ellas rumores lejanos, entrecortados, quizás de otras épocas … Al pasar al pie de la portada de la ruinosa casa-herrería algo nos hace parar, mil veces he pasado por delante, nunca he parado, sólo levantaba mi rostro para saludar con mi vista a la airada portada que feroz defiende la vetusta fachada. 



Primero es una intuición, hoy es el día sin duda, después la corazonada se transforma en evidencia, el viento nos vuelve a traer viejos rumores, suenan golpes metálicos tras el portón, la recia madera atenúa con fuerza el canto de un martillo sobre la bigornia de un herrero, leves son pues los repiques, si no paramos no los hubiésemos oído. Pero el herrero marchó hace tiempo, sus manos divinas forjan ya en fraguas de Gloria, ¿quién doma de nuevo el hierro en la antigua herrería? 

Con el alma en vilo nos atrevemos a llamar a la puerta, no hay llamador ni timbre y con fuerza martilleamos ahora nosotros sobre los tablones arriostrados con abotonaduras de hierro. No para el rítmico golpeteo en el interior y es necesario redoblar nuestros esfuerzos para hacernos oír, finalmente se hace el silencio en el ruinoso caserón y tras lo que nos parece una eterna espera se abre con herrumbroso bostezo la boca del portillo. 

Una cara serena, aunque algo sorprendida, asoma tras el postigo, quien sale a recibirnos es herrero de forja, le conocemos de vista pero no de nombre, sabemos que de sus manos salen los herrajes que visten los portones del carpintero toledano Alfonso Dueñas, el cual le deja ocupar la vieja herrería. Le rogamos que nos deje pasar a ver su trabajo y él con orgullo nos deja flanquear la entrada.

La imagen interior es impactante, como surgida de un cuadro de pintura romántica, la ruina absoluta nos rodea: al fondo de un apuntalado zaguán vislumbramos, al trasluz de una esplendida reja, un abandonado patio con pilastras, balaustradas, pétreo brocal coronado de forja y de fondo un salvaje jardín con palmeras. Desde el zaguán bajan unas escaleras al sótano, abajo se vislumbra solitaria una bigornia sobre un pie derecho de madera, y a la derecha una humeante fragua. 

José no tiene trabajo de forja, son tiempos difíciles para vivir del trabajo artesano, entretiene su tiempo forjando para no perder el oficio y porque sabe que una mente ociosa se convertirá en una mente viciosa. Trabaja en una habitación con el techo parcialmente hundido, antigua estancia donde se cambiaban los operarios de la antigua forja.

Un pequeño dragón de forja defiende el umbral de la antigua casa-herrería de Julio Pascual.

Sobre el pétreo umbral de acceso al patio descansa un pequeño y ardiente dragón que acaba de nacer entre las ascuas, nuestra visita ha retrasado que le armen con dos buenas alas y por ello nos mira con ojos amenazantes. 

No nos importaría ser atacados en este escenario fantástico por un sulfurado dragón y sentirnos caballeros al menos por un instante. 

Vuela nuestra mente: recuperar el esplendor perdido de esta casa, poner a pleno rendimiento la vieja fragua donde florece el alma de los hierros sobre la bigornia, recuperar la dignidad del espacio del que tan magníficas obras de arte han surgido… Ojalá no se quede todo en un sueño.

Patio de la casa-herrería de Julio Pascual. Fotografías de Otto Wunderlich, Fototeca del Patrimonio Histórico Español

Acceso al patio de la antigua casa-herrería de Julio Pascual. Calle San Juan de la Penitencia nº 13, Toledo

Autor: Jose María Gutiérrez Arias
Fuente: http://www.consorciotoledo.org/suena-nuevo-la-bigornia/

jueves, 16 de marzo de 2017

Un pintor napolitano, un rey a punto de morir y un cardenal. Luca Giordano y las pinturas al fresco de la sacristía de la catedral de Toledo

Los últimos años del reinado de Carlos II, marcados por la fragilidad de su salud y el temor a una sucesión no resuelta, la existencia de facciones y sobre todo, los deseos del cardenal Portocarrero, don Luis Fernández de Portocarrero (1635-1709), de controlar en la medida de lo posible al voluntad del rey, nos permiten proponer una interpretación más contextualizada de un encargo a un pintor del rey llamado de Italia,  que aún trabajaba en la decoración del Buen Retiro, en un espacio no dependiente de la Corona: los frescos de la sacristía de la catedral de Toledo. 

¿A qué respondía esta decisión? 

¿Por qué emplear al pintor de cámara del rey en un espacio ajeno al ceremonial regio? 

¿A qué se debía este encargo en la catedral y, además en Toledo?



Para Gonzalo 

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“El Rey ha terminado su cura, que quiera Dios hacer provechosa, porque a causa de sus achaques aborrece el trabajo y los Ministros no hacen nada tampoco. Si la Reina intenta activar los negocios no faltan nunca malintencionados que la tachan de usurpar la corona a su marido; y el estado enfermizo del Rey hace temer que puedan prestar crédito a esas hablillas, procedentes, en muchas ocasiones, de personas que deben a la Reina todo lo que son y aún su proximidad al Rey”. 

Así escribía desde Toledo el 26 de mayo de 1698 la condesa de Berlips, camarera mayor de la reina Mariana de Neoburgo, al hermano de esta, el elector palatino, Juan Guillermo. 

Desde el 26 de abril se habían trasladado a la ciudad con la intención de que el monarca recuperara su salud. Las continuas recaídas que se habían acentuado desde 1696 habían hecho temer por su vida y, sobre todo, despertado el temor de una muerte sin sucesor. De hecho, la debilidad de su salud y de su reinado propiciaron que en torno a él se fuera dibujando un complejo mapa de facciones cortesanas difícil de definir a veces en términos de fidelidad, sobre todo, a medida que pasaban los años y se hacía patente la dificultad del rey para nombrar sucesor. 

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El viaje lo había preparado el cardenal Portocarrero, don Luis Fernández, arzobispo de Toledo que, desde la muerte de la reina madre en mayo de 1696, había conseguido ejercer cierta influencia sobre el monarca y, por ello, parecía especialmente interesado en tenerle cerca y mantenerle aislado de influencias exteriores . 

Precisamente, durante esas mismas fechas, el pintor del rey, el napolitano Luca Giordano, al que se había conseguido atraer finalmente a la corte, gracias a las negociaciones llevadas a cabo, decoraba al fresco uno de los espacios de la catedral, en concreto, la sacristía 

En verano de 1697 y, posiblemente, por iniciativa de la reina Mariana de Neoburgo, se reclamaban los servicios del famoso castrato napolitano Matteo Sassano, Matteuccio4 . Contemporáneamente, se habían solicitado al duque de Medinaceli, Luis de la Cerda y Aragón, virrey de Nápoles entre 1696 y 1702, los servicios del ingeniero Filippo Schor . 

Parecía que, desde la corte, por esos años, era cada vez más necesario dibujar y construir una renovada imagen del rey y, para ello, se reforzaban los vínculos con Italia6 . Por ello, desde 1690, comenzaron las negociaciones para conseguir, que Luca llegara a Madrid, lo que sucedería el 3 de julio de 16927 . 

Desde entonces, con sus pinceles intentaría construir la imagen legítima de un monarca y, sobre todo, aquella que asegurara la continuidad de una dinastía, la de los Austrias. En este contexto histórico quisiera ocuparme de la decoración al fresco de la sacristía de Toledo, un espacio al que la historiografía apenas ha prestado atención, tal vez debido a que apenas lo mencionaron las fuentes literarias contemporáneas (Fig. 1). 

De hecho, solo la cita Antonio Palomino. Ningún biógrafo italiano lo hace, ni Bernardo De Dominici, en ninguna de las dos versiones que dedicó a la vida de Luca, ni Francesco Saverio Baldinucci. 

Me gustaría responder a las preguntas de por qué hacia 1698, cuando Luca Giordano parece que todavía no había acabado de ejecutar el ambicioso programa que vinculaba a la casa de Austria con Hércules en uno de los espacios más representativos del Buen Retiro, acude a Toledo, por orden de su Majestad, y realiza, en apenas unos meses, los frescos para la sacristía de la catedral, un espacio dependiente del cabildo.

 ¿A qué respondía esta decisión? 
¿Por qué emplear al pintor de cámara del rey en un espacio ajeno al ceremonial regio? 
¿A qué se debía este encargo en la catedral y, además en Toledo?
 ¿Por qué, si se trataba de un encargo real, no hay referencia alguna al monarca o a la Corona, como había ocurrido en otras obras y, en cambio, encontramos autorretratado a Giordano? 

Es necesario estudiar el contexto y circunstancias históricas en las que se produjo el encargo para poder entenderlo e interpretar su significado .

Pintura al fresco para dibujar una majestad. Luca Giordano en España Luca 

Giordano nació en 1634, de manera que, cuando vino a la corte madrileña, rondaba los sesenta años9 . Su obra entonces ya era conocida en España. De hecho, los nobles que habían ocupado el cargo del virreinato en Nápoles regresaron con obras suyas. Desde el conde de Castrillo, don García de Avellaneda y Haro –virrey entre 1653 y 165910 -, hasta el IX conde de Santisteban, don Francisco de Benavides, que ocupó el puesto entre 1687 y 1695 y bajo cuyo gobierno Luca llegó a España11 . Cuando en 1692 acude a la corte, lo hace en respuesta a la llamada del rey y a la necesidad de decorar al fresco el Escorial12. 

Los motivos que se argumentan entonces, si atendemos a los testimonios de Antonio Palomino, son meramente artísticos. Sin embargo, como veremos, existía una necesidad real de contar con su servicio. De hecho, esta no era la primera vez que se le reclamaba desde la corte. En tiempos de Felipe IV ya se había intentado, con resultado negativo en dos ocasiones, y ahora el propio Luca ni por edad ni por prestigio tenía necesidad de responder a esta llamada13 . 

Es evidente que si la prioridad era decorar al fresco los sitios reales, a pesar de la situación crítica del erario de la Corona asfixiado por las diferentes guerras, era necesario buscar artistas italianos, puesto que en España parece que no existían pintores que dominaran esta técnica. Además, como hubiera hecho ya Velázquez al intentar atraer a Pietro da Cortona a la corte habsbúrgica, la presencia de un artista de la importancia de Giordano se convertía en un gesto de poder por parte de Carlos II. 

Y, por otro lado, la relación existente con Nápoles, parte de la monarquía, parecía favorecer su llamada, a la vez que colocaba al artista en una posición privilegiada para poder cobrar sus servicios al rey, no solo en su persona, sino, sobre todo, en la de su familia. Sin embargo, como veremos, las circunstancias históricas que marcaron la vida de Carlos II en los años noventa hacían casi obligada y necesaria su venida y Giordano supo aprovecharse de esta coyuntura en beneficio propio. 

Efectivamente, la documentación confirma cómo los preparativos del viaje se relacionan directamente con la concesión de una serie de favores para su parentela, comenzando por su hijo Lorenzo que, en 1690, solicitaba a su Majestad su prórroga como Juez de la Vicaría de Nápoles, un cargo que se vería confirmado poco tiempo después coincidiendo con la venida de Luca a nuestro país14. 

El resto de su familia acabó posicionándose socialmente gracias a la fortuna de su padre15 . En septiembre de 1692 Giordano se encuentra en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, donde ejecuta la bóveda de la escalera en la que representa un auténtico canto alegórico a la dinastía de los Austrias. Tal vez no resulte gratuito tener en cuenta que el monasterio se había convertido en el monumento emblemático de la dinastía por excelencia, además de escenario devocional de la piedad hispánica. 

Tras el incendio acaecido en 1671 y la restauración del real sitio, Carlos II emprende la terminación de la decoración al fresco. En la escalera, inspirándose claramente en la Gloria de Tiziano, y casi como una muestra más de la legítima continuidad entre el reinado de Felipe II y de Carlos II, Giordano representó al monarca, asomado a una balconada, mostrando a su esposa, Mariana de Neoburgo, y a la reina madre, Mariana de Austria, la gloria en la que Carlos V y Felipe II son recibidos por la Santísima Trinidad. 

Además, los dos primeros Habsburgo van acompañados de diversos reyes santos. Este fresco se ha interpretado como una alabanza a la monarquía y a la casa de Austria16. La representación en el friso de cuatro momentos históricos relacionados con la construcción del monasterio, tres de ellos dedicados a la batalla de San Quintín y el último a la fundación del edificio, enfatizan esa idea de continuidad. 

Una vez concluida la decoración de la escalera, Luca continuó con las bóvedas laterales de la basílica, en las que representó asuntos relacionados con la Inmaculada Concepción, la Eucaristía, David y Salomón. Todo dentro de un complejo programa en el que se presentaba la continuidad y legitimidad de la casa de Austria y su condición como defensora de la Iglesia. A El Escorial, y en la misma línea de exaltación y de construcción de la imagen de la monarquía, siguió la decoración del despacho de su Majestad en el real sitio de Aranjuez, en 169617. 

De nuevo, vuelve a aparecer la efigie del monarca, esta vez identificado con la representación bifaz de la Prudencia o de Jano, siguiendo a Ripa: “Los dos rostros significan que la Prudencia consiste en una cierta y verdadera cognición, mediante la cual se ordena y dirige cuanto se debe hacer, naciendo tanto de la atenta consideración de las cosas pasadas como de las futuras”18 . Tal vez, como veremos, una alusión velada a la necesidad de dar continuidad a la dinastía de los Austrias en un momento tan delicado y decisivo como el de la cuestión sucesoria. 

Precisamente ese mismo año, Carlos II firmaría testamento a favor de José Fernando de Baviera. Tras Aranjuez, Luca Giordano emprendió la decoración de un nuevo espacio emblemático de la casa de Austria, el salón de embajadores, en el palacio del Buen Retiro19. Allí representaría la Apoteosis de la monarquía hispánica en la que, de nuevo, y esta vez con licencias mitológicas, asociaba a la Corona con Hércules y con la fundación de la orden del toisón de oro. Gracias a un complejo programa iconográfico vinculaba a los Habsburgo con la Antigüedad.

http://www.tiemposmodernos.org/tm3/index.php/tm/article/viewFile/373/412

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