martes, 7 de enero de 2014

En tiempos de la Reconquista de Toledo


Oficialmente, el califato desaparece en 1031 cuando los cordobeses deciden convertir la capital en una ciudad-estado controlada por los notables locales. 

Pero desde mucho antes el califato es sólo una ficción a cuyo frente alternan omeyas y beréberes ayudados y combatidos unos y otros por las intrigas cortesanas y familiares, por los jefes eslavos que sólo buscan crear sus propios dominios, y por los cristianos, interesados en controlar determinadas plazas fronterizas y ávidos de botín y de parias: incapaces de conquistar los dominios musulmanes por no disponer de hombres suficientes para proceder a una ocupación efectiva y a la repoblación del territorio, prefieren explotar económicamente su superioridad militar alquilando sus servicios a unas taifas contra otras y exigiendo el pago de tributos -parias- como garantía de la no intervención armada; se preferirán las campañas de intimidación a las de conquista y se ofrecerá ayuda militar a unos reinos contra otros a cambio de parias que llevan implícito el reconocimiento por quien las paga de una cierta dependencia vasallática hacia quien las recibe. 

El interés de las parias es doble: económico (se convierten en la principal fuente de ingresos de los reinos y condados cristianos) y político (las fronteras del reino protector se extienden teóricamente hasta las del protegido; éste pasa a formar parte de aquél).Seguros de su fuerza, los reyes cristianos no sólo cobran parias por la prestación de servicios militares, sino también por no intervenir, por no atacar los dominios del que paga; no dudan en cobrar parias a dos reinos enfrentados entre sí, reservándose el derecho de actuar en favor de uno u otro según sus conveniencias, ni tienen inconveniente en atacar a otro reino cristiano para defender a sus protegidos, para defender sus fronteras. 

Fernando I, rey de Castilla en 1035 y de León desde 1037 apoyó a al-Mamún de Toledo en 1043 contra Sulaymán ibn Hud de Zaragoza, y veinte años más tarde sus tropas defenderán al rey zaragozano contra Ramiro I de Aragón -hermano de Fernando-, que hallará la muerte en la batalla de Graus. En su testamento, Fernando I divide sus dominios y con ellos los reinos de taifas entre sus hijos reservando Badajoz y Sevilla al rey de Galicia; a León cede Toledo con Valencia, y Zaragoza quedaría para Castilla. 

En la no aceptación del testamento por el castellano Sancho II influyó sin duda el reparto de las parias-taifas que cortaba la expansión castellana hacia el Sur y lo obligaban a orientarse hacia el Este en competencia con aragoneses, navarros y catalanes. Renovadas las parias zaragozanas, Sancho intentará recobrar las tierras de Castilla cedidas porSancho el Mayor a Navarra, y en la guerra Castilla tuvo el apoyo militar de su vasallo el rey musulmán de Zaragoza; una actitud semejante tendrán los reyes de Toledo y de Sevilla, acogiendo en sus dominios a los destronados Alfonso VI de León y García I de Galicia. 

Reunificados los dominios paternos tras la muerte de Sancho de Castilla y la prisión de García, Alfonso VI mantiene frente a los musulmanes la política de épocas anteriores: apoyo a Sevilla contra Granada al negarse los beréberes a pagar parias, al tiempo que ayuda a Toledo a ocupar Córdoba, anexionada por Sevilla. El resultado de esta política es un aumento de las parias y con ellas del descontento popular, que adopta formas violentas en Toledo a la muerte de al-Mamún (1075). 

El nuevo rey, al-Qadir, cede a las presiones de quienes le acusan de exigir impuestos ilegales, expulsa de Toledo a los partidarios de la sumisión a Castilla y se niega a pagar las parias. Sin el apoyo de León-Castilla, al-Qadir fue incapaz de sofocar una revuelta en Valencia, probablemente instigada por los agentes de Alfonso VI, que tampoco fueron ajenos a la guerra entre Badajoz y Toledo, a consecuencia de la cual el reino toledano perdió la mayor parte de las tierras cordobesas (1077) y terminó negociando su rendición a Alfonso VI, al que ofreció la ciudad siempre que los ejércitos castellanos le ayudaran a ocupar el reino valenciano (1080), y en 1085, tras cuatro años de asedio, Toledo se rendía pacíficamente después de que Alfonso diera garantías de respetar las personas y bienes de los musulmanes y de permitirles seguir en posesión de la mezquita mayor. 

Por su parte, los toledanos se comprometían a abandonar las fortalezas y el alcázar, es decir, a renunciar a toda actividad bélica.Doscientos años después de que los clérigos de la corte de Alfonso III profetizaran la reunificaciónpor su rey de los territorios visigodos y, de manera expresa, la ocupación de las tierras musulmanas,Alfonso VI -rey de León y de Castilla- entraba victorioso en Toledo y comenzaba a utilizar el título de emperador al tiempo que reivindicaba la vinculación de su dinastía a los últimos reyes visigodos: "la ciudad, por decisión divina, permaneció durante 376 años en poder de los moros, blasfemos del nombre de Cristo, por lo que yo, entendiendo que era vergonzoso que se invocara el nombre del maldito Mahoma... en un lugar donde nuestros santos padres adoraron a Dios..., desde que recibí el imperium de mi padre el rey Fernando y de mi madre la reina Sancha... moví el ejército contra esta ciudad en la que en otro tiempo reinaron mis progenitores, poderosos y opulentos".

La ocupación de Toledo, las nuevas presiones económicas ejercidas por el castellano, que llegó a nombrar fiscalizadores de las finanzas de los reinos musulmanes, y la construcción de la fortaleza de Aledo, entre Lorca y Murcia, hicieron ver a los musulmanes que al cobro de parias podía suceder una nueva etapa caracterizada por la ocupación del territorio, y los reyes de Sevilla, Badajoz y Granada se decidieron a solicitar la intervención de los musulmanes del Norte de África unificados por Yusuf ibn Tashufín, emir de los almorávides. Yusuf y sus aliados derrotaron a Alfonso en Zalaca o Sagrajas (1086), pero su victoria no tuvo efectos graves por la falta de acuerdo entre los reyes hispanos de al-Andalus y los almorávides, que sólo unos años más tarde se asentaron en la Península llamados por los alfaquíes y por los creyentes musulmanes, que acusaban a los reyes de incumplir los preceptos coránicos y de cobrar impuestos ilegales. 

En 1090 Abd Allah de Granada era depuesto y desterrado al norte de África; un año más tarde, Yusuf ocupaba Sevilla y en 1094 se apoderaba de Badajoz a pesar de los intentos de Alfonso VI de salvar ambos reinos. Los ataques almorávides pusieron en peligro la conquista de Toledo, que sin duda habría sido ocupada si los norteafricanos hubieran logrado unir a sus dominios andaluces los reinos de Valencia y de Zaragoza, que mantuvieron su independencia hasta 1102 y 1110.

 La resistencia de los valencianos (el reino era paso obligado para ocupar Zaragoza) se debió a la presencia en el reino de Rodrigo Díaz de Vivar, cuya historia ilustra mejor que cualquier tratado las relaciones entre cristianos y musulmanes.Momentáneamente, la presencia almorávide sirvió para incorporar a Castilla ciudades como Santarem, Lisboa y Cintra, cedidas por el rey de Badajoz a cambio de ayuda contra los norteafricanos (1093).

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