sábado, 4 de enero de 2014

Toledo esconde un enorme Cementerio Judio

Su cementerio judío, excavado en 2008 y 2009, es único debido a su magnitud y tipo de enterramiento, pero también es tremendamente controvertido

En la llanura que se extiende por el distrito Centro-Norte de Toledo, situado extramuros de la ciudad y ceñido por el río Tajo, se ubican colegios, institutos, escuelas universitarias, parques, hoteles y urbanizaciones.

El vaivén diario que fluye por sus calles contrasta radicalmente con el silencio inerte propio del subsuelo, donde se esconde un cementerio «enorme» e «impresionante», según lo ha definido el arqueólogo toledano Arturo Ruiz Taboada, profesor del Centro de Estudios Internacionales de la Fundación Ortega-Marañón, en Madrid.

Arturo Ruiz explica a Historia National Geographic que en la zona hay cementerios romanos, visigodos, cristianos, musulmanes y judíos, en algunos de los cuales ha excavado en los últimos años, pero que no interesa remover la tierra porque «los muertos son muy difíciles de gestionar y, además, a nadie le gusta saber que vive sobre un cementerio».

En 2008, el Instituto de Educación Secundaria Azarquiel emprendió un proyecto de ampliación del aulario en una zona ajardinada del mismo centro. «En Toledo es obligatorio realizar un estudio arqueológico previo antes de acometer una urbanización o una ampliación urbana», aclara Arturo Ruiz Taboada. «Durante el verano hicimos un sondeo estratigráfico y en septiembre comenzamos la excavación arqueológica», añade. 

Una nota en La Tribuna de Toledo, un periódico local, comentaba que los alumnos que iniciasen el curso en septiembre iban a encontrarse con una sorpresa: unas tumbas judías que habían aparecido durante la ampliación de las aulas. El rumor se extendió como un reguero de pólvora y desencadenó un revuelo sin precedentes. «La comunidad judía se presentó al día siguiente pidiendo explicaciones.

Se produjeron protestas frente a algunos consulados españoles, como el de Nueva York, y recibimos la visita de la asociación Asra Kadisha, de Israel, que vela por la salvaguarda de los cementerios judíos en todo el mundo y se niega sistemáticamente a que se excave cualquier espacio sagrado relacionado con el mundo judío», relata Arturo Ruiz Taboada.

 «Las autoridades españolas llegaron a una entente con la Federación de Comunidades Judías de España para poder estudiar algunos de los restos y a continuación volverlos a enterrar. En 2009, una vez finalizadas las excavaciones, tuve que entregar el material inmediatamente», lamenta. Casos similares ocurrieron en las necrópolis judías de Barcelona, Lucena (Córdoba) y, más recientemente, en Ávila. Las excavaciones arqueológicas encolerizaron al sector más ortodoxo de la comunidad judía.

En su libro La vida futura es para los devotos, que presentó el pasado 6 de mayo, Arturo Ruiz Taboada da a conocer los resultados de las excavaciones arqueológicas efectuadas en 2008 y 2009 en el cementerio judío de Toledo, en el Cerro de la Horca, y aporta nuevos datos al estudio del mundo funerario en el Toledo medieval. «El problema que ha tenido siempre Toledo ha consistido en diferenciar los distintos espacios cementeriales que hay en el exterior de la ciudad. Podemos estar paseando por la ciudad y lo más probable es que estemos pisando tumbas. En este libro he individualizado cada uno de los cementerios y los he ubicado en sus barrios, con unos límites aproximados», comenta. 

Toledo fue, durante buena parte de la Edad Media, un paradigma de convivencia entre cristianos, musulmanes y judíos. El Parque de las Tres Culturas de Toledo, situado precisamente en el distrito Norte y que probablemente esconde un sinfín de tumbas, hace referencia a esta convivencia, tan frágil hoy en día, entre estas tres comunidades. En 1492, con la expulsión de los judíos no conversos por parte de los Reyes Católicos, las lápidas funerarias con inscripciones en hebreo que señalaban el lugar de enterramiento fueron retiradas y reutilizadas en la construcción de edificios; algunas continúan empotradas en los muros de las casas o en los dinteles de portales. El Museo Sefardí de Toledo también conserva algunas de estas lápidas. «A partir de este momento se pierde la memoria visual de los límites superficiales de los distintos cementerios. El terreno se reaprovecha como zona de huertos o campos de cultivo. La llanura norte empieza a expandirse urbanísticamente a mediados del siglo XX», señala Arturo Ruiz Taboada. 

En 2008 y 2009, el equipo arqueológico, dirigido por Arturo Ruiz Taboada, excavó «un pequeño sector» de 300 metros cuadrados en el que se identificaron 107 tumbas judías que datan alrededor del siglo XII. ¿Cómo dedujeron los arqueólogos que las tumbas eran judías y no cristianas o musulmanas?

No había rastro de corpus epigráfico hebreo y el ajuar funerario asociado a las tumbas era exiguo, por no decir nulo. Solamente aparecieron tres objetos relacionados con tres tumbas distintas: una moneda de Alfonso VII, un anillo con un dibujo estrellado y un pendiente de plata. «La mala suerte por no haber hallado corpus epigráfico se contrarrestó con la buena suerte por haber hallado una moneda de Alfonso VII. Fue como si me hubiera tocado la lotería. No nos permitieron realizar la datación por radiocarbono ni por luminiscencia, pero no fue necesario... La moneda, fechada a mediados del siglo XII, aunque por su coloración probablemente fue utilizada en el siglo XIII, describía un cementerio toledano en una época de máximo esplendor judío», afirma. 

Las tumbas se han conservado intactas, sobre todo debido a su profundidad, con fosas que alcanzan los 2,5 o 3 metros. «Las tumbas judías están perfectamente individualizadas, no se superponen ni entran en contacto unas con otras, como sí ocurre en los enterramientos cristianos o musulmanes, que no son tan profundos», precisa. Los cuerpos de los difuntos fueron introducidos, con o sin ataúd, en el interior de una estructura hueca reforzada con una bóveda de ladrillo que la cubría. Este tipo de construcción recibe el nombre de «lucillo» y se caracteriza por tener una bóveda de medio cañón, de ladrillo, que ejerce de cierre subterráneo de la tumba. «Es un tipo de enterramiento único adscrito a la religión judía. Otra característica son las estructuras acotadas con espacios rectangulares probablemente relacionados con una única familia, aunque dentro de estas estructuras las tumbas son individuales. También se repiten los enterramientos en los que aparece una madre con un niño a su lado, que probablemente murió en el parto». Los arqueólogos han identificado la impronta de los sudarios en los cuerpos de los difuntos. La posición anatómica, con el cuerpo completamente contraído y los hombros ajustados y alineados, también demuestra que les cubría un sudario. 

Los restos del cementerio judío de Toledo descansan otra vez en paz a varios metros bajo tierra. La excavación arqueológica ha revelado el lugar destacado que ocupaba esta comunidad en la ciudad medieval de Toledo, la de las tres culturas. El subsuelo todavía esconde muchas misterios que son testimonio de una época de grandes cambios. «Hay que elaborar un proyecto en el que se establezcan límites geográficos exactos para disponer de una especie de mapa de riesgo, pero es un proyecto que todavía está en preparación... y no sabemos qué hacer ante la imposibilidad de excavar», concluye Arturo Ruiz Taboada.

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