martes, 6 de octubre de 2015

El Reloj de la Catedral de Toledo (I)

EL RELOJ DE LA CATEDRAL DE TOLEDO

SUMARIO:

Reseña de Parro.
El autor en su época. 

a) La cámara. 
b) El movimiento. 
c) Esfera interior. 
d) Esfera exterior. 
e) La torre (que fue) de las campanas. 

Prefiero titular así, en singular, este trabajo, aunque haya de aclarar, con urgencia, que en la S I. Catedral de Toledo, Primada de España, hay dos relojes de torre: uno de ellos, del que trataremos, es obra primorosa de un artífice español de fines del siglo XVIII, realizado expresamente, por encargo de su jerarquía, para este destino. 

El otro es un reloj francés de Morez de Jura, adquirido por el Cabildo en 1888, que llama la atención por su gran tamaño; pero que, pese a su innegable calidad, no ofrece interés para el investigador, por tratarse de un moderno producto industrial.

Fijémonos en el primero, en el reloj construído por nuestro compatriota Manuel Gutiérrez, sin dejar de señalar por ello una particularidad del segundo que nos dará juego: la de carecer de esfera indicadora de las horas.

Así, pues, distingamos ya con claridad, desde un principio, a uno y a etro: el reloj con esferas (Gutiérrez, 1792) y el reloj sin esferas (Morez, 1888)

Una reseña de inestimable valor documental sobre el entonces único reloj de la Catedral, el de Gutiérrez, la facilitó don Sixto R. Parro en su muy conocida y buscada obra, Toledo en la mano, impresa en la propia ciudad el año de 1857.

A ella nos vamos a atener, dadas su concisión y su veracidad admisible. Tan solo un reparo pondríarnos a la acertada descripción que allí se da acerca del reloj: al detallar las cuentas de SU costo, se intercala un comentario del que no sale muy airosa la figura del relojero que lo construyó.

Esto no nos parece justo y puede influir desfavorablemente en la mente del lector. 

Dice Parro, en efecto, que· "para satisfacer al artífice ... hubo diferentes altercados, que vinieron a parar en tasación de seis peritos, tres por cada parte; pero estando muy divergentes unos y otros (pues mientras alguno fe hacía subir a 600.000 rs., otros no le apreciaban más que en 260.788), se convino, por fin, después de algunas acciones violentas por parte del relojero, en recibir la suma de:

  400.000 rs.

+ 10.000 de gratificación al artífice,
+ 6.000  de ayuda de costa a un hermano suyo que le acompañó de Madrid,
+ 6.000 dados a don Mariano Salvatierra por indemnización de haber tenido la máquina en su casa tres meses,
+ 15.272 de los jornales de ocho oficiales que trajo de Madrid para la colocación del reloj,
+ 10.140 que se pagaron a los peritos tasadores que había nombrado la Obra y Fábrica,  hasta el total de .............................................. . 447.412 reales"

¿ Se nos antojaría hoy caro el precio pagado por el que habría de ser, desde entonces, el mejor reloj español de torre, cuando continúa lozano a los ciento setenta y seis años de uso (lo que supone poco más de 2.500 rs. por año para su total amortización en éste de 1968)?

A Parro sí se lo debió parecer, cuando escribe, a los sesenta y cinco años de su inauguración: "Es pieza de muchísimo mérito y bien trabajada, si bien costó sumamente caro y tiene el defecto de necesitar que le den cuerda dos veces al día".

Algunas de las partidas de esa cuenta nos ayudarían a establecer curiosas y esclarecedoras comparaciones, como los 10.140 rs. de honorarios (casi el 2,54 por 100 del montante neto del reloj) para los tasadores, o esos 6.000 rs. de alquiler (a razón de dos mil al mes) por el alojamiento provisional de la máquina, etc.

Pero faltaría hacer la conversión de la moneda para actualizar su costo en la época. En cualquier caso, su valor -lejos de haberlo perdido por la vejez y el uso- es ahora notable, y si olvidando por un momento a Gutiérrez considerásemos la obra en su conjunto (máquina, cabina, transmisiones,esferas, campanas) y hubiese de realizarse hoy, no resultaría fácil establecer un presupuesto.

Respecto a la mala nota de los "altercados" y de "algunas acciones violentas", hechos que no vamos a dudar que, sucedieran, conviene situar en planos separados dos conceptos tan heterogéneos el talante de un artista, cuando es discutido, y la calidad de la obra que entrega.
(Aunque, en verdad, hay una secreta relación entre el binomio calidad precio: el menor precio implica tácitamente peor calidad).

Por la forma en que está redactado el párrafo podría inducirnos a prejuzgar en demérito de la obra, lo que no deja de ser una observación que sólo afecta al carácter más o menos irascible del personaje.

Tenemos referencias de que, en efecto, Gutiérrez fue hombre de fuerte temperamento, que cuando la ocasión se presentaba solía reaccionar de tal suerte.

También sabemos de las contrariedades de su vida profesional, y de algunas jugarretas que le gastaron el destino y los hombres. Ahora bien, en lo que concierne al cobro de unos estipendios que le son regateados a uno, tras de invertir varios años en un trabajo perfecto, hay que reconocer, con la mano en el corazón, que pocos encajarían con flema un arbitrario recorte. Estamos seguros de que Gutiérrez, con sus "altercados", y "acciones violentas" no defendía un precio arbitrario, sino, más bien, a través del justo precio, ,la calidad indubitable de su obra.

EL AUTOR EN SU EPOCA

Manuel Gutiérrez, "natural de Sigüenza", como a él le gustaba siempre hacer constar, forma parte de un trío de .\l:anueles con el que 'la Relojería española, tan precaria de por sí, puede presentarse sin complejo de inferioridad ante el exterior: los tres fueron contempotáneos; incluso existió entre ellos -icómo no!- rivalidad profesional. Son los otros dos: Manuel Zerella y Manuel de Rivas.


Precisamente Zerella tuvo que ver con el reloj de que estamos tratando. Lo refleja Paulina Junquera en su libro Relojería Palatina (Madrid, 1956, pág. 47): "Se le mandó hacer un plan para construir el reloj de la Catedral de Toledo; reloj que por diversos motivos no llegó a hacer, sino que lo haría Manuel Gutiérrez, que lo firma en 1792". 2 Por esta fecha, las relaciones entre Gutiérrez y Zerella estaban algo tirantes:, por no decir envenenadas.

Cuando en 1789 Gutiérrez se ooupaba tenazmente en montar una fábrica de relojería, para la que pedía protección regia -idea que le perseguiría toda su vida-, uno de los aprendices que lomó, Nicasio Rija, a quien se proponía adiestrar en el plazo de dos años, le abandonó antes de tiempo, marchándose a trabajar con Zerella.

 A causa de ello, Gutiérrez estuvo en pleitos con su tocayo. (Esta anticipada "fuga de cerebros" la padeció el taller de nuestro relojero muy a menudo, hasta el punto de que llegó a abandonar su proyecto, en vista de que .. había de pasarse el día en los juzgados", según propia confesión, por defender sus intereses.) En cuanto a Rivas, no sería extraño que Gutiérrez le mirara con cieJ"ta animadversión, puesto que en 1788 aparece, inesperadamente, como ca-Director de una Real Fábrica de Relojería como la que él había querido fundar, sin conseguirlo, mientras que otro proyecto paralelo daba lugar a su creación '.

De Manuel de Rivas hay buena obra conocida: un reloj de cabecera, de caoba y bronce dorado, que es una auténtica joya, por su pequeño tamaño y por su rica ornamentación (Col. Marqués de Villatorre, en Madrid); el alto péndulo del Salón del Billar en la Casita del Labrador, de Aranjuez, y un reloj en grupo monumental de bizcocho cerámico, en e'I Salón de los Espejos, del Palacio Nacional de Oriente.

De Manuel Zerella sólo queda, que sepamos (en Londres, colección particular desconocida), un reloj de bolsillo que realizó en Suiza, siendo becario y pupilo de M. de Luc, para el monarca español Carlos IIl. Más conocido que por su obra lo es, sin embargo, por el libro, ya citado, Tratado de Relojería, que le editó la Imprenta Real con fondos del erario. Se conservan de Manuel Gutiérrez tres relojes de muy diferente tamaño, y todos con una característica común: su forma "esqueleto", es decir, la esfera calada y la máquina visible a través de ella: uno de bolsillo, firmado "Gutiérrez número 2", en colección particular madrileña; otro, de sobre-


mesa, con caja de cristal (35 cms. de altura), que se conserva en el Palacio de Oriente, y el reloj de torre de la Iglesia Catedral de Toledo, al que venimos dedicando este comentario. Sobre Gutiérrez hay bastante que averiguar todavía. Algo sobre sus afanes y trabajos ya he publicado en otro lugar. Parte de su máquina para la fábrica de relojería alcanzó a verja y a adquirirla Rico y Sinobas, en la segunda mitad del pasado siglo '. Fue Gutiérrez arcabucero honorario de S. M., luego de haberlo sido del Infante, y Maquinista del Real Seminario de Nobles. Se sabe que hizo dos espadas magníficas con destino al Príncipe de Gales.

Llegó a ser también Relojero del Rey. Tuvo un grande orgullo profesional. y se creyó en condiciones de hacer ,Jo que cualquier extranjero hiciese, en el Arte de la Relojería, tanto en calidad como en precio. En este sentido hay que decir que su xenofobia fue singular, y le perjudicó bastante. Pues bien, es a este hombre, a uno de los tres mejores relojeros que entonces había en la Corte y que ha habido nunca en España, a quien el Cabildo toledano encargó un reloj para su Catedral.

Por LUIS MONTAÑES FONTENLA 
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2014/02/files_anales_0002_05.pdf

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