martes, 12 de noviembre de 2013

La Leyenda de la Ajorca de Oro, o Volverse loco por Amor

Cuenta la leyenda que María Antúnez y Pedro Alfonso de Orellana eran dos enamorados toledanos. Ella era hermosa, su hermosura era sobrenatural, aunque diabólica. Dentro de sí llevaba la extravagancia y el capricho, así como la despreocupación de los sentimientos ajenos. Él era un joven valiente, decidido arrogante y supersticioso.

Los dos se amaban locamente pero su amor era distinto entre sí, mientras ella se quería más a sí misma y estaba dispuesta a alcanzar sus propios caprichos y satisfacer su egoísmo y vanidad, él era mas desprendido y solo miraba por ella; Sería capaz de todo por su amada.

Cierto día Pedro Alfonso la encontró triste y pensativa. Unas lágrimas corrían por sus bellas mejillas y le preguntó por su desconsuelo. María se hizo de rogar sin querer decir aparentemente a su amado el motivo de su pesadumbre. 

Por fin y tras muchas suplicas, le confesó que con motivo de las fiestas de la Virgen del Sagrario había ido a la iglesia, y mientras estaba rezando levantó los ojos hacia la imagen quedándose fijos sus ojos en una ajorca que esta prendía de su brazo. Según su confesión, intento apartar los ojos y su pensamiento de aquella preciada joya, pero le superaban las fuerzas unos deseos enormes de poseerla. Salió del templo y continuó su obsesión. La idea de conseguirla iba en aumento y anulando todos sus otros pensamientos, ni siquiera podía dormir, pues hasta en sueños los diamantes de la alhaja, con sus millares chispas de luz, la cegaban los ojos como espíritus malignos que, dando vueltas alrededor la incitaban irremediablemente

. En estos sueños veía una mujer morena y hermosa que se paseaba de manera altiva llevando y enseñando la ajorca a la vez que la miraba y se mofaba como diciéndole: -Esta joya nunca...; jamás la poseerás, jamás, jamás...

Ante esta declaración, Pedro quedó como paralizado; pero reaccionó prontamente como poseído, la preguntó que Virgen era la que tenía la presea y ella, tras un momento de silencio, como con miedo a decírselo, le contestó que la del Sagrario.

¡La Virgen del Sagrario! Expresó Pedro con cara de estupor ¡La patrona de Toledo! Repitió este, Pedro estaba dispuesto a robar cualquier cosa por María pero no a la Virgen del Sagrario esa no.

Mas la pasión del ser humano y la influencia sobre las personas, hizo que a pesar de las supersticiones y el miedo de Pedro a solo pensarlo, hiciera que llevara a cabo la acción.

Aprovechando los actos litúrgicos de la octava en honor a la Virgen, correspondientes a la fiesta del 15 de agosto, el joven entró en la Catedral y se escondió, esperando que todos se marcharan y que le dejaran solo.

Las luces se apagaron y las puertas se cerraron quedando el templo vació. Después de una larga espera en la que el joven no se atrevía ni a moverse, su sombra se empezó a deslizar por las columnas de la Catedral cruzándolas todas hasta llegar hasta el altar mayor, donde se hallaba la Virgen colocada para las celebraciones. Miró a todas partes por temor grande que tenía y al no ver nada empezó a deslizarse acercándose hasta donde estaba la imagen, las piernas le temblaban casi no podía ponerse en pie, pero siguió acercándose donde andaba la imagen, detrás de él fue sintiendo como toda la Catedral cobraba vida, como si tenues susurros sollozos, roces de telas y pisadas se oyeran por todos los lados; los muros parecían venírsele encima. Más se rehizo pensando que todo eran visiones y aprehensiones suyas. Realizó un gran esfuerzo, empezó a subir las gradas de la capilla mayor y siguió acercándose a la Virgen. Las tumbas de los reyes y del cardenal Mendoza la guardaban, así como las estatuas de santos, profetas, evangelistas, monarcas y Ángeles del triforio. 

Hizo otro esfuerzo, en cuyo momento le parecía que las pequeñas luces de las pequeñas lámparas se agitaban en sus pedestales, que las figuras yacentes de los sepulcros se removían y que las imágenes de altar se conmovían. También sintió como si una mano le sujetara y no le dejara avanzar.

Tras un momento de fuerte excitación se rehizo y se estiró para alcanzar la joya y sin querer mirar a los ojos a la figura se hizo con ella.

Cuando creía haber logrado el propósito al darse la vuelta mas tranquilo para empezar la huida, se encontró con el espectáculo. Todos los Santos, ángeles, profetas, evangelistas, monjes, guerreros, arzobispos, reyes, damas... habían dejado sus hornacinas, peanas, cornisas y alturas; las figuras yacentes se habían levantado de sus mausoleos y le miraban le rodeaban amenazadoramente y todo el suelo, paredes y bóvedas se habían llenado de monstruos, reptiles y animales quiméricos, que habían abandonado los brazos y pasamanos de las sillerías.

Pedro no pudo resistirlo y las venas le latieron con una violencia espantosa y arrojando un grito sobrehumano cayó desvanecido sobre el ara quedando petrificado con la ajorca en las manos, el capricho de su amante le había llevado a la muerte instantánea.

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