miércoles, 7 de octubre de 2015

Curanderismo en Toledo: Recorriendo la Historia

RECORRIENDO LA HISTORIA 

Dejando a un lado la interpretación mágica de ciertas manifestaciones artísticas primitivas, especialmente en petroglifos, donde la serpiente se repite como elemento simbólico del mal contra el que debe luchar el hombre para buscar la sanación, síntesis de los elementos contrarios propios de estos procesos, debemos continuar en el tiempo para centrarnos en aquellos actos de curanderismo que se encuentran en un estado difuso entre la medicina de su tiempo, lo mágico o sobrenatural, buscando en las fuentes documentales y tradicionales toledanas su rastro.

 La tradición atribuye al profeta la siguiente frase: «Las ciencias son dos: La ciencia de las religiones y la ciencia de los cuerpos», La religión, unida a la medicina en el Islán, hace que el peso de esta última tome especial relieve, como demuestra la historia. . 

Hasta el siglo XII, que toma el relevo de esta sabiduría el grupo social judío, los árabes habían desarrollado nociones sistemáticas relativas al uso de las drogas vegetales para curar, merced a su posición geográfica que recibía aportaciones griegas, hindúes y persas.

Aunque los conocimientos fundamentales los recibieron, como hemos apuntado, de Galeno, Hipócrates, Dioscorides, etc., cuyas obras habían sido traducidas al árabe, su actividad científica tiene la etapa de apoyo, entre los siglos IX y XI, apareciendo en este períod~ una literatura farmacéutica con obras sistematizadas y racionalizadas.

Una de ellas la encontramos en el libro del médico toledano Ibu Wafid o Abencenil, hombre de amplia cultura médica y jurídica, autor de obras como «Libro de los medicamentos simples", «Libro de la almohada» y la «Suma de agricultura».

En el «Libro de la almohada,) encontramos uno de los primeros recetarios árabes toledanos del siglo XI, cuyo estudio y transcripción fue realizado por Camilo Alvarez de Morales y publicado por el IPIET en 1980. Recoge veinticuatro grupos de recetas para enfermedades desde la cabeza a los pies, con remedios originales del autor en su mayoría, e incluso indicaciones de dietética.

En la clasificación general se aportan recetas para el pelo, cerebro, ojo, oído, nariz, boca, garganta, pulmón, corazón, estómago, hígado, bazo, intestinos, riñones, vejiga, ano, genitales, útero, peritoneo, piel, «humores espesos», fiebres, purgantes y preparaciones.

Entre algunas de las hierbas que emplea aparece el mirto, anís, sabina, junco oloroso, arroz, jara, lavándula, espinaca, liquen, ajenjo, opio, cuscuta, acacia, meliloto, acónico, ortiga, manzanilla, melisa, culantrillo, gamón, zaragata na, hinojo, cebolla, malva, bellota, beleño, avellana, violeta, altramuz, torongil, cabrahigo, ajo, haba, zanahoria, granado, nuez, mastuezo, abrojos. acedera, ricino. canela china, pimienta, mijo. laurel, menta y un largo etcétera.

No sorprende ver la quimioterapia presente en muchos remedios, así se aplica al borax, la sosa, 12 hierro, oro, mármol, plomo, ceniza de sarmiento, vitriolo, arsénico, mercurio, alumbre, tierra sigilada, «tierra jabonera de Toledo», ámbar, hollín, azufre, cal viva, sal gema y otros. 

Componentes de origen animal corno sanguijuelas, cabezas de sardinas, cerebros de pájaros, clara de huevos, cresta de gallo, cuajar de cabrito, dientes de ternero, gallinaza, grasas de halcón, de oso, de pato, hiel de perdiz, leche de burra, de cabra, de vaca, de mujer, lenguas de pájaro, manteca, mantequilla, sangre de conejo, queso, verga de toro, etc.

Se usaban supositorios, purgantes, jarabes, pastillas, unturas ... Curiosas son las recetas para aumentar el apetito sexual, para secar el esperma, ardor de uretra, hemorragias, menstruaciones, pecas, quemaduras, úlceras, picaduras, fiebres, dolor de espalda, diarreas, cálculos, orina, hidropesia, tos, cefaleas y jaquecas, vómitos, «para quien se ha tragado una aguja», hipo, venenos, dientes dañados, dolor de muelas, anginas, sordera, cataratas ... La nomenclatura de las recetas no es asequible sin una investigación y análisis histórico de las medidas y los términos, por lo que es difícil su aplicación sin la intervención de especialistas. De la actividad de los traductores cristianos después de la reconquista de Toledo nos hablan numerosas obras relacionadas con la medicina pasadas del árabe al latín.

Entre estos traductores podemos citar a Juan de Sevilla, que dio a conocer en Europa obras clásicas, especialmente de Aristóteles. Conocemos su «Epistola Aristotelis ad Alexandrum de conservacione co'rporis humani», traducida también al hebreo a finales del siglo XII, de la que dicen que es una «confusa compilación de folklore y superstición con relación a la fisiognomia, dieté- tica ... ».

Otros traductores como Hugo de San talla o Roberto de Chester nos introducen en tratados de alquimia y textos herméticos árabes. Gerardo de Cremona dedicó su vida a traducir libros científicos árabes al latín. Para ello se trasladó a Toledo donde vivió hasta su muerte en 1187. 

Aquí trabajó con un equipo de colaboradores traduciendo toda clase de ciencias, entre ellas la medicina, dando a conocer escritos de Galeno e Hipócrates o de médicos cristianos orientales, como Masawih o Serapión el Viejo o los tratados del famoso médico árabe AI-Razi o del «cirujano más grande del mundo islámico», Abul Qasin Jalaf Abbas al Zabrawi, natural de Medina Azahara en Córdoba, cuya obra, Tasn¡, es una enciclopedia médica ilustrada, traducida por Cremona con el nombre «Liber Azagui de cirugía» que se estudiaba aún en el siglo XVI.

También tradujo la obra de Avicena «Canón», donde se codifica todo el saber médico musulmán en cinco libros más la del médico y farmacólogo árabe toledano Abderramán al Wafid, que escribió el «Libro de los medicamentos simples» en el que preconizaba la superioridad de la dietética sobre la medicina. Otro traductor que trabajaba en Toledo a finales del XII es Marcos de To- 13 ledo, canónigo que dio a conocer varios tratados griegos de medicina procedentes ~e textos árabes.

Todas estas traducciones, impresas muchas de ellas en siglos posteriores, ampliaron el campo científico de la medicina, pero también fueron guías junto a los tratados de astrología, alquimia, nigromancia ... , de otras corrientes populares, muchos de cuyos remedios generalmente se fundamentaron en ellos, dejándose invadir paulatinamente por la magia, desembocando en una situación de prepotencia sobre la medicina empírica, hacia el siglo XIV. 

El arcipreste de Talavera y Fernando de Rojas supieron trasladar a las páginas inmortales del Corbacho y La Celestina un gran aporte de terapias populares con las que enlazamos el final de la Edad Media y los albores del Renacimiento en nuestro entorno geográfico. 

Remedios farmacológicos de procedencia animal, vegetal o mineral que quizás se aplicaban en la mitad occidental de la provincia de Toledo, tomados de las dos obras citadas y especialmente de la última, recogidos por el doctor Martín Aragón, nos recuerdan que ya se usaban corno abortivos el helecho o el culantrillo de pozo; afrodisíacos, la hiel y huevos de perdiz, la mis taza, los piñones, el romero, el pollo o los testículos de tejón.

 Para la epilepsia o alferecia se usaba el polvo que los caballos tienen en las corvas cocido con vinagre, la cebolla, albarrana mezclada con miel, el aceite de laurel, la ruda ... Como antídotos recordaremos el almizcle, la hiel de gato, zumo de las bayas y hojas de laurel, la serpentaría ... Combatían las hemorroides con artemisa, el poleo, alheña.

 El dolor de muelas se aminoraba con la «camisa» de culebra cocida con vinagre o semilla de negrilla para las caries. Las cenizas de sarmiento se aplicaban a las verrugas, la concha del erizo tostada era buena para la sarna, las hojas de hiedra para las úlceras. Con el fin de acelerar el parto se maceraban en vino semillas de madreselva.

Para el dolor de riñones se aplicaba el aceite de alacrán; el haba morisca en forma de cataplasma era utilizada para la horquitis. El culandrillo cocido era un buen remedio para atajar el asma o las habas secas cocidas con aceite ablandaban el pecho. Buenos atisépticos eran el espliego, el ajenjo o las violetas. Para librarse de los mosquitos se quemaban altramuces; el helecho servía contra las chinches y el sauco cocido mataba las moscas.

Tampoco faltaron en este siglo XV toledano los ensalmos, conjuros o la invocación sobrenatural, que continuaría en siglos posteriores hasta hoy corno veremos, mezclados con remedios mágicos relacionados con animales y objetos a través de los cuales se atraían las fuerzas del universo para resolver los males. Las supersticiones en este campo eran tan corrientes como las celestinas que curaban los males del corazón y del espíritu.

Hechicerías que se evitaban colgando una cebolla albarrama del dintel de las puertas. Entre los elementos que descubrimos en las ponzoñas y filtros se encuentra el haba morisca, la espina de erizo para clavarla en los muñecos de cera que representaban a personas a quienes se quería dañar; la sangre de macho cabrío o el pelo de sus barbas, la sangre de murciélago, dientes de ahorcados, cabeza de codorniz, etc. De la multitud de remedios populares entresacamos aquél por el que era famosa la Celestina, «maestra de hacer virgos».

 En la operación «unos los hada de vejiga y otros curaba de punto». Aunque estos intentos de «cirugía plástica» al parecer eran, según algunos autores, pura ficción literaria, conociendo la estima social de la virginidad no eran extrañas tales manipulaciones.

El estiércol ha sido un remedio terapéutico que aún algunas tribus indígenas aplican. Conocemos recetas que, por muy repugnantes que nos puedan parecer, fueron utilizadas con resultados «virtuosos». El estiércol de buey o vaca reciente, en hojas de parra, calentado entre cenizas y aplicado en las inflamaciones causadas por llagas las curaba y aliviaba, como lo hacia también con la ciática y su mezcla con vinagre decían que provocaba la supuración de las «glándulas escrofulosas». 

Galeno hace referencia a esta terapia que también se aplicaba en caso de picaduras de avispas. El estiércol de cabra hacía supurar toda clase de tumores, practicado también por Galeno, mezclándolo con harina de cebada y aplicándolo como cataplasma en toda clase de durezas. El de oveja se usaba contra las arrugas si se mezclaba con vinagre.

El de lagarto como aceite para quitar las verrugas y blanquear la piel. Para las quemaduras se usaba la gallinaza diluyéndola en aceite helado y aplicándolo en compresas. Otros remedios semejantes curaban cólicos (o quizás los provocaban). Las virtudes de los orines son aún hoy una realidad terapéutica, igual que ocurría hace cuatrocientos o quinientos años.

La saliva humana y sus aplicaciones curativas ha llegado hasta la actualidad y la utilizan algunos curanderos como práctica habitual. Se decia que era de tres clases: La que se produce después de las comidas, que no tiene ninguna virtud; la de ayunas, con grandes propiedades, y la que se genera en la digestión. Se cuenta que mata reptiles y «bestias venenosas», hace supurar los forúnculos y desaparecer la sarna. Los huesos también han formado parte de la farmacopea popular, al igual que la ceniza, utilizada para restañar la sangre de las heridas.

Tampoco han estado exentas de este conjunto de remedios heredados del medievo a principios del Renacimiento en nuestras comarcas, las recetas con la lombriz de tierra. Cocida en agua-miel se usaba contra la retención de orina, machacadas para cicatrizar nervios, y bebidas con vino provocaban la expulsión de las piedras en la vejiga.

Viejas recetas para librarse de las mordeduras de los reptiles nos hablan de las propiedades de las hojas de fresal contra las culebras. El cocimiento de plumas de buitre y su quema posterior libraría de las serpientes. 15 Arbo) y fruto de la nuez moscada. Grabado de 1678. Los dolores de la dentición de los niños se aliviaban cociendo el cerebro de una liebre y frotando las encías.

Ventura Leblic García 
http://www.realacademiatoledo.es/index.php/publicaciones/temas-toledanos/1728-medicina-popular-en-la-provincia-de-toledo-por-ventura-leblic-garcia.html

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