sábado, 5 de septiembre de 2015

Frescos del Claustro de la Catedral de Toledo (I)

Soy de la opinión, amigo lector de este blog, de que toda persona culta debiera tener al menos una obra de arte favorita de la que procurara conocer a lo largo de la vida lo mas posible.

Según los casos y posibilidades de cada uno podría tratarse de un gran monumento civil o religioso, de una sencilla iglesia de pueblo, de la obra completa de un artista, de una sola pintura o escultura, de un museo, una sala o una colección etc., con la que llegara a identificarse plenamente.

En mi circunstancia personal mi predilección se decanta claramente por la catedral de Toledo, no solo por su superior categoría artística, unánimemente reconocida, sino por razones sentimentales unidas al lugar de mi nacimiento y a la circunstancia de haber vivido esos años, que evoco felices, en un entorno privilegiado a la vera de la catedral primada.

Vuelvo a Toledo -de donde no me he ido nunca del todo- y siempre que puedo procuro girar una visita la Catedral estudiando o repasando alguna de sus partes. En esta ocasión, después de pagar “religiosamente” los 7 € a que nos obliga el cabildo, me he detenido en lo que seguro es la parte más descuidada de la catedral, el maravilloso claustro y dentro de este, las pinturas que lo decoran.

Aconsejo al visitante no familiarizado con la ciudad a quien le interese esta visita que antesde comenzarla entrando en la catedral por la Puerta Llana (en la calle del cardenal Cisneros), baje por la calle de Arco de Palacio que conduce directamente a la Plaza del Ayuntamiento, que es el mejor observatorio de la fachada principal de la catedral. Antes de llegar a esta plaza, precisamente debajo del Arco que comunica el Palacio Arzobispal con la Catedral, hay una puerta que suele estar abierta en horas de visita aunque solo permite apreciar algunas pinturas del interior pues a la totalidad del claustro no se puede acceder sino desde el interior de la catedral.

Es esta la puerta del Mollete llamada así -aunque también se la conoce como puerta de la Justicia o del Niño Perdido- porque en ella se daba diariamente a los pobres un auxilio consistente en una limosna de pan cocido en piezas entonces llamadas “molletes. Se trata de una puerta gótica, con elementos mudéjares, labrada por Alvar Martínez durante el pontificado del Arzobispo D. Sancho de Rojas (1415-1422), pero que no nos detendremos en describir, al no ser el objeto de nuestra atención en este día.

Al entrar nos encontramos visualmente con el patio a la izquierda y con la crujía meridional del claustro al frente. Desde aquí podemos contemplar los primeros frescos, que son los más inmediatos a esta puerta. Antes de describirlos diremos cual es su origen y antecedentes pues en efecto estamos ante una zona del templo caracterizada por su tradición pictórica.

Diversas fuentes documentan la intervención en las paredes de este claustro de artistas como Rincón, Berruguete, Comontes, Becerra o Vergara, con escenas de la Vida y Pasión de Cristo realizadas en las últimas décadas del siglo XV 1. Su deficiente estado, debido a problemas de humedad, a comienzos de la prelatura de Lorenzana, aconsejó su reposición para lo que se acudió a los maestros entonces de más fama, Francisco Bayéu y Mariano Salvador Maella, ambos pintores de cámara, quienes ejecutaron entre los años 1776 y 1782 trece composiciones pictóricas distribuidas por los diferentes tramos de las crujías y adecuadas a los accidentes del muro.

A Bayéu le correspondieron en el reparto los siete tramos de la crujía oriental donde desarrolló “fogosas escenas de la vida de San Eugenio y Santa Casilda, dentro de la mejor mezcla de barroquismo y academicismo que podía ofrecer el pintor aragonés”2, hasta componer uno de los conjuntos mas perfectos de su autor3 . Los once espacios siguientes hasta la Puerta del Mollete fueron adjudicados a Maella, pero sólo pudieron ser decorados dos debido a problemas de humedad en los muros del frente norte y quizás, como insinúa Gudiol, al juicio desfavorable del todopoderoso Mengs sobre Maella.

De estas composiciones pictóricas dice Chueca Goitia que son “muy espectaculares, de gran monumentalidad, con un claroscuro y colorido muy efectistas, dentro del más puro barroco setecentista”, lamentando que estas series iniciadas con tanto brío no llegaran a completarse pues hubieran sido el más grande conjunto mural de nuestra pintura dieciochesca. Por su parte, Gudiol dice que es “la mejor exposición permanente de la pintura del siglo XVIII”.

Desgraciadamente, el inadecuado aparejo de las paredes antes de proceder a su repinte se tradujo en nuevos problemas de humedad que, unido a la falta de cuidados durante muchos años, ha causado el deficiente estado de conservación de las pinturas tal como ahora aparecen4.

El título y atribución de estas pinturas es el siguiente.

1. El martirio el Santo Niño de La Guardia, de Francisco Bayeu

Situado en la crujía meridional, según se entra al claustro por la puerta del Mollete que queda en el centro de la pintura, dividiendo las dos escenas que la componen5.

La pintura representa el rapto del niño Cristóbal6, parroquiano de San Andrés y su crucifixión por los judíos raptores en el vecino pueblo de La Guardia, cercano a Toledo. Al lado izquierdo de la puerta, se ve a dos hombres tocados con turbante y sombrero que se llevan por la fuerza al niño que se resiste.

A la derecha, el niño está clavado en la cruz, mientras un hombre que lleva en la boca un cuchillo desciende por una escalera y otro hombre que esta de pie le observa o parece conversar con el anterior. Fondo de paisajes con árboles. En lo alto la gloria con unos ángeles que bajan al Santo Niño la palma del martirio. La parte inferior de la pintura se perdió hace tiempo pero en el museo catedralicio se guarda el boceto o borrón de la pintura que está fechado en el año 1776.

Todo estaba lo mismo. A lo largo de los muros, los grandes frescos de Bayeu y Maella representando los trabajos y grandezas de San Eulogio, sus predicaciones en tierra de moros y las crueldades de la gente infiel de gran turbante y enormes bigotes que golpea al santo. En la parte interior de la puerta del Mollete, el horrendo martirio del niño de La Guardia, la leyenda nacida a la vez en varios pueblos católicos al calor del odio antisemita: el sacrificio del niño cristiano por judíos de torva catadura, que lo roban de su casa y lo crucifican para arrancarle el corazón y beber su sangre.

La humedad iba descascarillando y borrando gran parte de esa pintura novelesca que orlaba la ojiva como la portada de un libro; pero Gabriel aún vio la horrible cara del judío puesto al pie de la cruz y el gesto feroz del otro que, con el cuchillo en la boca, se inclina para entregarle el corazón del pequeño mártir: figuras teatrales que más de una vez habían turbado sus ensueños de niño.

Vicente Blasco Ibáñez. La catedral. Capítulo I

2. La prisión de San Eugenio, de Francisco Bayeu

Siguiendo nuestro recorrido por la crujía meridional del claustro, podemos ver a la derecha, en la pared inmediata, según se entra desde la calle, otra de las once pinturas encargadas a Bayéu y que representa el prendimiento tumultuoso del Arzobispo electo de Toledo, San Eugenio7.

 Delante de una cerca o tapia almenada, tras la cual se divisa la copa de los árboles, el santo, con sobrepelliz, exhorta a un grupo de cristianos que salen maniatados hacia el martirio por una puerta a la izquierda del fresco. Tres hombres parecen burlarse de sus exhortaciones.

Algunos más con el mismo o parecido atuendo aparecen a la derecha, dos de ellos sentados en piedras en primer término con dos niños y un perro. Arriba, ángeles con palmas y coronas. El boceto está fechado en 1784.

Le extraña a Parro la quietud del perro, y no es un juego de palabras. Dice que es impropio de una escena tan ruidosa como la representada, donde parecen estar oyéndose las voces y los gritos de la morería que acaso acallaran las santas palabras, que el can esté tan quieto y sosegado, como si nada de lo que pasare pudiera turbar su descanso. En realidad la figura del perro parece ser un boceto parcial aprovechable por el autor para ésta y otras composiciones así como para enseñanzas de los artistas de su taller.

3. La predicación de San Eugenio, de Francisco Bayéu

En este paño y en torno a la mencionada puerta se representa otra de las obras encargadas a Bayeu: La predicación de San Eugenio, primer arzobispo de Toledo. 

Aparece el santo sobre una escalinata, delante de un edificio de composición clásica, en una especie de ágora o plaza pública predicando a los fieles que figuran repartidos por el lienzo en distintas posiciones y formas. 

A la izquierda, un hombre de espaldas en actitud de conversar con otro que está semioculto y dos mujeres con niños; en el centro, un enfermo con su acompañante; a la derecha, otra mujer con niño y detrás del santo varios personajes más que escuchan atentos sus palabras. 

Fondo de árboles e iglesia y arriba en el cielo ángeles y querubines que revolotean alrededor del Espíritu Santo cuyos destellos iluminan la cabeza del venerable prelado. 

El boceto es de 1766. Bordea el lienzo a modo de marco un baquetón esculpido con trenza dorada. Inferiormente sillería con greca de espirales común con el resto de las crujías, excepto la meridional.







Para ver los frescos del segundo tramo, hemos de entrar en la catedral, penetrando en le claustro por la Puerta de Santa Catalina En este tramo se encuentran la mayor parte de las pinturas cuyo enunciado es el siguiente:

4. El martirio de San Eugenio, de Francisco Bayéu


En lo alto de un balcón, sobre una gradería, aparece sentado el pretor romano, revestido de púrpura, al que acompañan dos lictores y un viejo que lleva cubierta la cabeza con un manto verde. El santo, de blanco, se halla cogido por uno de los verdugos mientras el otro levanta la espada para decapitarle. Dos soldados contemplan la escena. 

Abajo, a la derecha, dos personajes, uno sentado con turbante y otro de pie que señala al santo. A la izquierda, dos mujeres, una de espaldas y otra sentada, las dos con niños, y varios personajes más, uno sujetando un caballo, presencian la escena con horror. Al fondo, a la derecha, edificio clásico con columnas y estatuas y en primer término la capa pluvial, la mitra y el báculo. 

Arriba, ángeles con palma y corona. En segundo término, a la izquierda del cuadro se representa el acto de arrojar el cadáver del santo al lago Mercasio. El boceto está fechado en 1777. Bordeado con baquetón decorado con trenza dorada.

5. La aparición de San Dionisio a Hercoldo, de Francisco Bayéu

En el tramo tercero está otro de los frescos de Bayéu, continuación temática de los anteriores: la aparición de San Dionisio Aeropagita, arzobispo de París al devoto Hercoldo. Éste se halla a la derecha, recostado en el lecho, una magnífica cama dorada con pabellones y accesorios de mucho lujo, elevada sobre una escalinata donde también hay pintada un ánfora. Sobre una nube que aparece sostenida por ángeles se le aparece entre sueños San Dionisio para decirle donde está el cuerpo de San Eugenio, que le mandase recoger y le diera adecuada sepultura. En la gloria, ángeles y querubines. A la izquierda del cuadro se divisa, por entre un enrejado o balcón, el lago Mercasio y el cuerpo de San Eulogio flotando sobre sus aguas. El boceto es de 1777. Baquetón en el borde.

Publicado por Manuel Martinez 
http://manuelblasmartinezmapes.blogspot.com.es/2009/10/los-frescos-del-claustro-de-la-catedral.html

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