miércoles, 8 de enero de 2020

1823: Exhumación de un capellán de la Primada ejecutado por faccioso

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La ejecución de Antonio García Juzdado fue la última pena de muerte que se materializó en la plaza de Zocodover

Por Enrique SÁNCHEZ LUBIÁNTOLEDO 
Actualizado:28/10/2019 14:38h

La salida de los restos del general Franco del Valle de los Caídos es uno de esos acontecimientos que se recordarán en el tiempo y serán recogidos en los libros de historia. Hace casi doscientos años, en 1823, la ciudad de Toledo también fue escenario de una singular exhumación que sacó a la calle a centenares de vecinos y trascendió a las publicaciones madrileñas de la época. 

El protagonista de esta historia fue Antonio García Juzdado, capellán de coro de la Catedral Primada, quien unos meses antes había sido ejecutado en la plaza de Zocodover por faccioso.

En la historiografía española hay un elevado grado de consenso al considerar a Fernando VII como uno de los peores reyes que hemos tenido. Recuperado el trono tras la derrota del ejército francés, no dudó en derogar la Constitución de Cádiz y restaurar al absolutismo. 




El uno de enero de 1820, el coronel Rafael de Riego encabezó un levantamiento militar que abrió las puertas al denominado Trienio Liberal, siendo restablecida la legalidad constitucional e iniciando un periodo de nuestra historia orientado a acabar con algunas rémoras del Antiguo Régimen, como la supresión de los señoríos y mayorazgos o la Inquisición. 

Semejantes medidas no fueron del agrado de determinadas clases sociales, entre ellas la eclesial, no dudando algunos de sus miembros en tomar las armas para defender los tiempos pasados. Uno de ellos fue el presbítero García Juzdado.

Natural de la localidad extremeña de Zarza de Capilla, era parte del cuerpo sacerdotal de la catedral toledana como presbítero y capellán del coro. En 1821, según recoge Hilario Rodríguez de Gracia en la obra colectiva «Historia de Toledo. 

De la prehistoria al presente», inició su actividad subversiva colocando pasquines en diferentes lugares de la ciudad llamado a los toledanos a levantarse contra el ayuntamiento constitucional. Perseguido por las autoridades salió de Toledo, permaneciendo huido durante varios meses hasta que fue capturado en las inmediaciones de Escalona.

Trasladado a la capital, fue juzgado y condenado a muerte. Su defensa corrió a cargo de Francisco Gil, teniente capitán del regimiento del Infante don Antonio. La ejecución tuvo lugar el 25 de noviembre de 1822. El patíbulo donde debería ser sometido a garrote vil fue montado en la plaza de Zocodover, hasta donde fue trasladado el preso a lomos de una mula. 

De cuanto aconteció aquel día, se conservan en el Archivo Municipal de Toledo las anotaciones que dejó el curial Felipe Sierra, quien durante más de cuarenta años, entre 1801 y 1844, fue llevando un manuscrito con las noticias más relevantes acontecidas en la ciudad. 

Según las mismas, en previsión de incidentes, la plaza estaba fuertemente custodiada por fuerzas de infantería y caballería venidas de diferentes pueblos cercanos. 

El reo llegó al cadalso «con la mayor serenidad y entereza» y durante la ejecución no se veía a nadie por las calles de Toledo, pues «todas las gentes estaban en las iglesias haciendo oración». Cumplida la sentencia, su cuerpo fue enterrado en el denominado «Pradito del Carmen», donde se daba sepultura a los reos ajusticiados y otros desamparados sin recursos.

Allí permanecieron sus restos hasta que el 24 de junio de 1823 fueron exhumados. Por entonces, los «Cien Mil Hijos de San Luis», encabezados por el duque de Angulema, ya habían entrado en España, derrocando a los liberales y restituyendo el régimen absolutista. 

Al amparo de los nuevos aires políticos, las autoridades toledanas decidieron rendir solemne homenaje al presbítero Juzdado, honrándole como héroe en defensa de la sacrosanta religión, la patria y la soberanía del idolatrado rey Fernando VII, sacándole del «depósito de criminales» donde había sido enterrado y llevándolo con «pompa y solemnidad» a la Catedral Primada.

Durante el Trienio Liberal, numerosos eclesiásticos se integraron en partidas facciosas para defender el régimen absolutista de Fernando VII (Vicente López, Museo Municipal de Madrid)

Del boato y ceremonial con que se llevó a cabo el traslado dio cumplida cuenta el periódico «El Restaurador», editado en Madrid y que, según se indica en la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional, era «el más destacado y furibundo periódico de la reacción ultracatólica y absolutista»

La exhumación del cadáver se realizó en presencia del vicario general de la diócesis. Sus restos, tras ser introducidos en una nueva caja, fueron llevados hasta la iglesia contigua al Hospital de Santa Cruz, siendo acompañados por los miembros de la Real Cofradía de la Santa Caridad y el clero de la parroquia mozárabe de Santa Justa. Allí quedó expuesto el cadáver durante unas horas. Desde las cuatro de la madrugada comenzaron a celebrarse misas en su recuerdo.

A la mañana siguiente, el cadáver fue trasladado hasta la Catedral sobre unas andas forradas de terciopelo carmesí. Le acompañaba un extenso cortejo conformado por el cabildo primado, curas, beneficiados y capellanes, comunidades religiosas, los cofrades de la Santa Caridad, el ayuntamiento pleno presidido por el corregidor Juan María Ruano y una gran multitud portando velas. Junto a ellos desfiló el capitán Joaquín Hernández, conocido como «El Bargueño», quien fue el primer compañero de armas del presbítero Juzdado. 

En la plaza de Zocodover, en el mismo lugar donde meses antes se situó el cadalso, habíase levantado un templete de 26 pies de altura, adornado con colgaduras de damasco encarnado, guirnaldas de laurel, palmas y una leyenda recordando que allí, por su amor al rey Fernando, el clérigo había sufrido «la muerte más sangrienta».

 Durante unos minutos el cortejo se detuvo allí, depositando el féretro en un catafalco levantado en el interior del templete, desfilando ante el mismo dos batallones de la milicia urbana de la ciudad, mientras los presentes derramaban un «torrente de lágrimas».

Reanudado el cortejo, las fuerzas militares presentes en Zocodover dieron escolta al mismo hasta su llegada a la Catedral Primada, donde hizo su entrada por la Puerta Llana, hallándose todos los balcones y ventanas del itinerario muy concurridos. Tras una misa cantada y concluidos los responsos funerarios, el cuerpo de Juzdado fue conducido a la capilla de San Ildefonso, en cuya tumba número seis iba a ser enterrado. 

La misma, cerca del sepulcro del poderoso cardenal Gil de Albornoz, era una de las reservadas a los miembros del cabildo y dignidades catedralicias. Mientras se materia lizaba esta acción, en el exterior se sucedían descargas de fusilería, puesto que el presbítero se la rindieron honores de coronel, por haber sido comandante de una partida de voluntarios realistas, y tañían, lúgubremente, las campanas de todas las iglesias de la ciudad.

 «Los sufragios que se aplicaron en aquella mañana por el descanso de su ama -concluía el panegírico de la exhumación publicado en “El Restaurador”-, y las lágrimas que con abundancia se derramaron, harán eterna la memoria de este virtuoso y esclarecido sacerdote, verdadero defensor de la religión, fino amante de nuestro adorado rey y heroico mártir de la Patria».

La última muerte en Zocodover

Unos meses después, al cumplirse el primer aniversario de su ejecución, en la iglesia de San Nicolás se celebraron nuevas exequias por el presbítero García Juzdado, recordándose que había dado su sangre a manos del «furor de los negros hijos de la Constitución abominable». 




El calificativo de «negro» aplicado a los liberales era frecuentemente utilizado por quienes escribían en «El Restaurador», pudiéndose leer en una de sus páginas que debía exterminarse «a los negros hasta la cuarta generación».

La ejecución de Antonio García Juzdado fue la última pena de muerte que se materializó en la plaza de Zocodover. En los años siguientes, hasta que a finales del siglo XIX el gobierno estableció que estas sentencias se llevasen a cabo en el interior de las prisiones, en la ciudad de Toledo las mismas se hicieron en lugares como el paseo de la Vega, la puerta del Cambrón, el paseo del Tránsito o la explanada frente al monasterio de San Juan de los Reyes.



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