viernes, 19 de diciembre de 2014

En tiempos del viejo Wamba

En septiembre del año 653, Recesvinto accedió al trono de España en solitario. Pocas semanas antes, un tal Froia había dirigido una nueva revuelta, en la que se alió con los vascos y consecuentemente pudo producir una importante devastación en el norte de la península. Los alzados destrozaron un montón de iglesias e incluso llegaron a sitiar Zaragoza.

Recesvinto fue el caudillo que llegó a Zaragoza y la liberó de la creciente amenaza que se cernía sobre la ciudad. Pero, como hemos dicho, en términos históricos, la verdadera importancia de este rey estriba en el paso dado en el terreno jurídico para avanzar en la definición de eso que hoy llamamos España. 

Existen indicios de que desde el mismísimo inicio de su reinado, Recesvinto tenía en medio de las cejas la idea de revisar el ya viejo código de Leovigildo. En la apertura del VIII concilio de Toledo, el rey hizo un llamamiento a los obispos (que eran lo más parecido a un parlamento que había entonces) a que revisaran a fondo la legislación para eliminar de la misma todo lo que de desenfocado o superfluo se encontrase.

El código finalmente publicado por Recesvinto contenía 324 leyes de Leovigildo, 99 de Chindasvinto y 87 leyes nuevas. Pero lo realmente importante de este código es que obligaba a todos los habitantes del reino y, por lo tanto, rompía con la dualidad entre godos e hispanorromanos que hasta entonces había vertebrado la nación. Aunque es muy difícil adivinar los porqués de la reforma, es obvio que, al abolir el derecho romano, los godos cercenaron definitivamente el poder que pudieran tener los cargos hispanorromanos, notablemente la administración de justicia. Es probable, por lo tanto, que la reforma de Recesvinto venga a significar el momento en el que los godos se sintieron, por primera vez, con fuerza, real y moral, suficiente como para echarse a todo el país a las espaldas.

Recesvinto murió en el 672. El mismo día de su óbito, los nobles del reino eligieron a Wamba como nuevo monarca. El nuevo rey intentó al principio pasar de la historia, pues, dice en las crónicas, era bastante viejo para poder enfrentarse a los desastres que ocurrían en el país; lo que las crónicas no nos dicen es qué tipo de desastres eran ésos. No obstante, aceptó, al parecer convencido por la actitud de los grandes jefes territoriales o duces, los cuales le informaron de que si no aceptaba se lo pasarían por la piedra.

Lo primero que hizo Wamba en cuanto fue rey fue lo mismo que Guardiola en la final de copa: arremeter contra los vascos. Pero cuando estaba en ésas, le llegó la comunicación de que en la Galicia hispanogoda, un tal Ilderico, apoyado por el obispo Gunildo y el abad Ranimiro, se habían alzado contra su poder. Tomaron rápidamente control de la mitad este de la Septimania, aunque la capital de la provincia, Narbona, se les resistió.

Wamba nombró como general de las fuerzas de rescate a un tal Paulo, que no es un nombre godo sino latino; lo cual quizá nos da la medida de hasta qué punto, en aquellos tiempos que fueron los de la reforma de Recesvinto, los propios círculos de poder de los germanos habían cambiado.

La corrupción política es algo que ha existido de toda la vida. En aquellos tiempos, no sólo tenía que ver con acumular pasta sino también con acumular poder real. Paulo marchó hacia la Septimania para sofocar la rebelión. Iba en compañía de varios comandantes, entre ellos Ranosildo, que era gobernador de la provincia tarraconense, y un gardingo o alto noble de la corte llamado Hildigiso. Ranosildo e Hildigiso, quizá cabreados por tener nombres más propios de renos del tiro de Santa Claus que de militares de pelo en pecho, comenzaron a comerle la oreja a Paulo con que si él tenía el poder, o sea las tropas, por qué, además de pasarse a Ilderico por la entrepierna, no se llevaba también por delante al abuelo Wamba. Los planes de estos conspirados llegaron a los oídos de Argebado, obipo de Narbona, el cual se apresuró a enviarle un e-mail al rey. No obstante, para entonces Paulo entraba en Narbona y se hacía ungir rey; existen indicios de que Argebado, incluso, llegó a unírsele.

Al parecer, Paulo no quería luchar con Wamba por el copo. Su interés se centraba en ser rey de la Septimania y la Tarraconense, o sea una especie de rey catalán antes de los Países Catalanes, y dejar a Wamba reinar en el sur. Cuando Ilderico se unió a Paulo, Wamba había perdido el control de su nación desde el extremo de la Septimania hasta más o menos Barcelona.

Wamba debía de ser un tío listo. Procedió con cautela. Quizá recordaba la rebelión de Froia, de la que nosotros casi nada sabemos. Era consciente de que, a base de salir de la comunidad autónoma a repartir hostias por Euskadi Sur-Sur-Sur, los vascos se habían internacionalizado y habían adquirido la habilidad, y la costumbre, de cerrar alianzas bélicas. Es posible que tuviese información de que euskaldunes y paulistas estuviesen en tratos; y, por lo tanto, decidió secar esa fuente.

En lugar de entrar en la Galia, donde entró Wamba fue en el País Vasco. Al parecer, montó una del cuarenta y dos, hasta no dejar ni un cabolo con chapela vivo. Los vascos, claro, claudicaron. Y, evidentemente, pasaron de ayudar a Paulo.

Una vez cerrado el flanco euskera, Wamba se dirigió a Barcelona a través del norte de Aragón, capturando por el camino a los jefes rebeldes Euredo, Pompedio, Gundefredo, Humulfo y Neufredo. Barcelona se le rindió, y luego siguió hasta Gerona, que hizo lo propio.

Una columna de Wamba capturó a los jefes rebeldes Ranosindo y Eldigiso en una ciudad llamada Clausurae. La captura de esta ciudad desató los esfínteres de los paulistas, pues con ella Wamba tenía el camino franco hasta Narbona. Paulo se retiró de la ciudad a Nimes, pero dejó en la capital a un gran ejército al mando de su comandante Witimiro. En una batalla relativamente corta (tres horas) las tropas de Wamba le dieron hasta en el cielo de la boca. Witimiro, según las crónicas, se refugió en una iglesia y, una vez tras el altar, sacó su espada declarando que moriría matando; pero bastó que un soldado se le acercase con un chuzo para arrearle una hostia en la cabeza para que se cagase de miedo, se echase de rodillas y se rindiese.

Wandemiro, capitán de Wamba, se dirigió a Nimes, ciudad a la que llegó por sorpresa en un amanecer, después de una marcha de una noche entera. Cogió por sorpresa a los defensores y pudo quemar las puertas de la ciudad, por lo que Paulo y los suyos se refugiaron en el anfiteatro. Wandemiro también debía de ser un tipo listo como Wamba, pues, en lugar de atacar a los anfiteatrados, dejó simplemente correr los predecibles mecanismos de la psiquis humana. Acorralados, sin escapatoria, notablemente debilitados, los capitanes de Paulo comenzaron a discutir qué hacer y, cuando descubrieron lo distanciado de sus ideas, empezaron a matarse entre sí. Los que no se mataban entre ellos eran asesinados por los propios ciudadanos de Nimes que les habían acompañado en la aventura. Paulo, incapaz de detener la matanza, se despojó de sus vestimentas reales y claudicó.

Ignoro por qué. Pero una de las acciones de Wamba tras ganar la guerra fue volver a Narbona y expulsar de la ciudad a los judíos.

El domingo 14 de octubre del 680, Wamba se sintió mortalmente enfermo y pidió la presencia de los sacerdotes. En presencia de los nobles de la corte, fue tonsurado y vestido con el hábito monástico, acto tras el cual el rey se declaba ya muerto y, por lo tanto, dejaba de ser rey. El acto de tonsurar a un moribundo, en efecto, tenía los mismos efectos que enterrarlo. Wamba, sin embargo, sobrevivió a su enfermedad. Él ya ni era rey ni podía volver a serlo. Pero podemos estimar que no quería dejar el poder, así pues hizo algo que está completamente de más en el derecho godo: nombrar sucesor suyo al conde Ervigio.

El tal Ervigio debía de tener muchas fuerzas de su parte, pues a la muerte definitiva de Wamba los obispos se apresuraron a declarar la plena legalidad de su mando. Ervigio fue un rey decididamente encuadrado en el partido de la nobleza, a la que concedió increíbles beneficios económicos, y de nuevo implacable con los judíos, contra los que dictó hasta 28 leyes punitivas que eran aplicables en su totalidad desde los diez años de edad. Entre otras cosas penó la circuncisión con la realización de un corte algo más profundo, es decir la castración (como las mujeres no tienen pito, las condenó a la mutilación de la nariz en el caso de que hubiesen participado en una circuncisión). Se instauró que un judío no podía dar una orden a un cristiano y se les restringió notablemente el derecho a viajar. En 687 Ervigio, ya muy enfermo, siguió la costumbre de Wamba y nombró sucesor en la persona de su yerno Egica, casado con su hija Cixilo.

Mala decisión. Egica, para ser rey, prometió proteger a los hijos de Ervigio. Pero, muerto éste, declaró ante los obispos que su suegro había sido un cabrón de tal calibre que la necesidad de hacer justicia era incompatible con la protección de su familia. En otras palabras: todo parece indicar que, en vida del suegro, disimuló como pudo, pero en cuanto llegó a rey se quitó al careta. Probablemente lo hizo para ganar apoyos. Pero no lo debió hacer bien, porque años más tarde el obispo de Toledo, Siseberto, lideró una rebelión para matarlo, que salió mal.

Egica prosiguió la tendencia antijudía con mayor ahínco aún que su denostado suegro. Sus medidas están claramente dirigidas a invitarles a largarse a otra parte. Les puso muy, pero muy difícil, poder ganarse la vida. E incluso llegó a decretar que todos los hijos de judíos serían separados de sus padres a los siete años, para ser entregados a familias cristianas que los educarían como tales. Aunque hubo una significativa resistencia a esta medida entre los propios sacerdotes, se aplicó en amplias zonas de España; quién sabe cuántos de nosotros descenderemos de esos niños desarraigados de sus propios padres a la fuerza. Los judíos tuvieron que esperar dos décadas para que las cosas cambiasen con la invasión musulmana; no ha de extrañar que tiendan a ver ésta como una liberación.

Egica murió como Franco, de muerte natural, en el 702. Dos años antes, había asociado al trono a su hijo Witiza, el cual reinó hasta el 710, en unos años que, según las crónicas, fueron prósperos para el país. A su muerte, el trono fue usurpado por Rodrigo. Este Rodrigo que ha pasado a la Historia, y honradamente no sé por qué, con el Don delante, no sabía la que se le venía encima. El moro Muza, que dominaba el Magreb, envió a la península a su capitán Tarik Ibn Ciyad (si se llega a llamar Ciyad Ibn Tarik, hoy Tarifa se llamaría Cillada). Tarik partió de Ceuta y desembarcó en la roca que llamaron los musulmanes Gebel Tarik, uséase Gibraltar. Rodrigo se enfrentó a los árabes, pero perdió la batalla, muy probablemente, porque su propio ejército estaba en guerra civil contra aquéllos, no sabemos muy bien quiénes,que habían reaccionado ante su okupación del trono. Cuando Muza cruzó a España, se encontró frente a él a unos resistentes que se estaban dando de hostias entre ellos, lo que facilitó la labor invasora. En alguna zona de España, un tal Aquila llegó a suceder a Rodrigo como rey, al parecer durante tres años.

Ésta es, sucintamente, la historia de los godos. Quien haya pensado alguna vez en España, en las cosas que han servido para definirla, para estructurarla como nación, habrá pasado, en sus reflexiones, por algunas de las cosas que aquí se cuentan.

Casi todo lo que pasa en la Historia de los pueblos entre la caída del imperio romano y la Baja Edad Media tiene poco glamour. Son pocas las fuentes y muchos los esfuerzos interpretativos. Así pues, es fácil pensar que hay que pasar de los godos porque ni puta falta que te hacen en el cerebro.

Y puede que sea verdad. Pero, amigo lector, si eres español, o si eres latinoamericano pero portas alguno de esos apellidos que sin duda vienen de aquí, tú eres un poco ellos. Un día, ellos fueron tú.

http://historiasdehispania.blogspot.com.es/2009/05/los-godos-molan-y-5-el-viejo-wamba.html

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