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lunes, 6 de marzo de 2017

Toledo en 1577: El entorno del Greco en Toledo


Anton van den Wyngaerde realizó esta célebre vista de Toledo desde el norte en el año 1563, poco después del traslado de la corte a la villa de Madrid.

Lejos de la decadente imagen tradicionalmente transmitida, la ciudad que recibió al Greco se encontraba en plena efervescencia. Los destinos iniciales del pintor eran Madrid o El Escorial





Adolfo de Mingo Lorente

«Hacía una década que había abandonado Candía. Había trabajado en Venecia y en Roma. Había aprendido un nuevo arte de la pintura y a ser un muy diferente artista. Se había italianizado profundamente, en su lengua, en su pintura y su cultura, sin dejar de ser griego. Había trabajado con la flor y nata del mundo académico romano y con importantes personajes de la corte pontificia. Había llegado a estar entre los mejores del siglo. Y sin embargo, aparentemente se encontraba como diez años atrás, en una pequeña y seca población, con un importante puerto sobre las aguas del Mediterráneo, aunque fuera al otro extremo del mar».

El historiador del arte Fernando Marías recogió con estas palabras la llegada del Greco a la Península Ibérica, realizada probablemente a través del puerto de Cartagena después de un viaje con posibles escalas en ciudades italianas como Florencia, Pisa y Génova. Acompañado por su criado y discípulo Francesco Preboste, el Greco tomaría desde allí el camino de Murcia en dirección al corazón de Castilla y a la joven capital del Imperio, la villa de Madrid, su primer destino previsto -probablemente con El Escorial- antes de quedar atrapado en lo que el propio Marías ha denominado la «tela de araña» de la ciudad de Toledo, a la cual se habría quedado pegado poco a poco y de la que cada vez le resultaría mucho más difícil escapar.

A ella debieron de llegar los dos viajeros a mediados de 1577. La fecha es un tanto imprecisa y cambia en función de los especialistas. Algunos se inclinan por fijarla en primavera, mientras que otros retrasan su llegada hasta el verano. El primer documento que acredita su presencia en la ciudad -el pago a cuenta de 400 reales por su trabajo en El Expolio- está fechado el 2 de julio de 1577. Sin embargo, el pintor no llegó a instalarse definitivamente ese verano, pues se conservan pruebas de que realizó viajes a Madrid. Algo que, unido a la cláusula que le obligaba a realizar sus pinturas sin la posibilidad de salir de Toledo, refuerza la teoría de que sus primeros destinos previstos fueron la corte o El Escorial.

Es posible que esos primeros momentos de su estancia transcurrieran en la posada de la Higuera, establecimiento del barrio de la Antequeruela en donde otros viajeros griegos se hospedaban a un real diario durante la misma época. «Extramuros de la ciudad y sito en la parroquia de San Isidoro, frecuentado incluso por las prostitutas de la cercana mancebía», este barrio de arrabal era, según Marías, «zona de hospedaje de los forasteros y colación donde se ubicaron a comienzos de los setenta los moriscos que habían sido deportados, desde Granada, tras la Guerra de las Alpujarras».

De haber mantenido tempranos contactos con la Antequeruela (en donde un censo situaba a Jerónima de las Cuevas, quien se convertirá en 1578 en madre de su hijo Jorge Manuel), el Greco sería testigo de la construcción de la nueva mancebía en las proximidades de la Puerta Nueva, «tan infame y arruinada» la anterior «que parecía vil pocilga de puercos antes que casa de recreación para lascivos humanos».

Con estas palabras se refería el cronista Luis Hurtado de Toledo, autor del Memorial de algunas cosas notables que tiene la Imperial Ciudad de Toledo, escrito apenas un año antes de la llegada del pintor, a una de las muchas obras y reformas de infraestructuras que durante los años setenta del siglo XVI había promovido el corregidor Juan Gutiérrez Tello. Las intenciones de atraer nuevamente a la corte, que permanecía instalada en Madrid desde el año 1561, trajeron consigo el ensanchamiento de calles y la reforma de edificios como la alhóndiga y la cárcel real.

Por no hablar del ejercicio de autoafirmación identitaria que entonces supuso la ‘cristianización’ de las puertas por medio de la eliminación de inscripciones islámicas e instalación de esculturas religiosas durante una época en la que Toledo y sus alrededores habían recibido el asentamiento forzoso de varios miles de moriscos.

El monarca ya no se encontraba aquí, pero, a diferencia de la consideración tradicionalmente transmitida por los cronistas del siglo XIX hasta la llegada del conde de Cedillo, la decadencia de Toledo no fue inmediata. Todo lo contrario, puesto que la población, incluso, continuó creciendo. La ciudad tenía entonces una población superior a los 50.000 habitantes, no tan abultada como la de Sevilla, Valencia, Granada o Barcelona, pero sí lo suficiente como para hacer de ella el núcleo urbano con mayor vecindario de toda la meseta sur.

Toledo, que ha sido estudiada en este contexto por historiadores como Fernando Martínez Gil e Hilario Rodríguez de Gracia, era un marco en pleno proceso de autoafirmación, del que habían dado cuenta figuras como Pedro de Alcocer (en 1551 y 1554) y Luis Hurtado de Toledo. Durante las casi cuatro décadas que permaneció el Greco en ella convivió con estudiosos como Francisco de Pisa y Juan de Mariana, pero también con sobreestimadores entusiastas como Jerónimo Román de la Higuera.

Este daría forma algunos años después a sus famosos Cronicones con imágenes tan sugestivas como la que anotó correspondiente al 10 de diciembre de 1578, cuando desde Toledo «se vio un cometa de espantable figura en el cielo que lanzaba de sí rayos de gran claridad, los cuales echaba hacia Berbería, y apuntaba hacia Portugal». Un presagio que obviamente se cumplió, pues pocos meses antes se había producido la batalla de Alcazarquivir (Marruecos), que traería consigo la incorporación de Portugal a la corona española.

La «concurrencia de signos de riqueza y de linajes ennoblecidos» en el Toledo de aquel momento, según Rodríguez de Gracia, tenía en contraposición a un «elevado número de viudas y pobres residentes y transeúntes». En definitiva, «la hipotética moneda presentó una cara y una cruz; un envés de miseria y un perfil de profusos vestigios de distinción, entre los cuales uno de los emblemáticos serían las casas palaciegas habitadas por familias encumbradas y linajudas».

Esa sociedad llena de contrastes -gravemente sacudida por enfermedades como la epidemia de catarro de 1580 (que trajo consigo la muerte de 2.000 personas) y sobre todo por la peste de 1599, que llegó a segar la vida de medio millón de personas en toda Castilla- sería denunciada algunos años después por el poeta Juan de Tassis, conde de Villamediana, en el peor soneto que jamás ha recibido esta ciudad en toda su historia:

 «Poca justicia, muchos alguaciles, / cirineos de putas y ladrones, / seis caballeros y seiscientos dones, / argenterías de linajes viles; / doncellas despuntadas por sutiles, / dueñas para ser dueñas de intenciones, / necios a pares y discretos nones, / galanes con adornos mujeriles; / maridos a corneta ejercitados, / madres que acedan hijas con el vino, / amigos en común y común miedo; / jurados contra el pueblo conjurados, / amigos como el tiempo, de camino, / las calles muladar: esto es Toledo».

Obviamente, la ciudad era más. Aunque sus recursos irían mermando conforme se adentrase en el «imperio eclesiástico» del siglo XVII, Toledo conservaba aún a finales del XVI un destacable número de inteligencias que contribuirían a cimentar esa «mejor patria» a la que se refirió fray Hortensio Félix Paravicino. Es en el Toledo erudito e intelectual de Luis de Castilla, Gregorio de Angulo o Jerónimo de Ceballos, donde otro historiador como Álvarez Lopera recomendaba situar al Greco. «No en la pretendida ‘ciudad mística’ de los noventayochistas o en la ‘oriental’, fruto de un cruce de razas, culturas y religiones, de Barrès y Marañón».

ademingo@diariolatribuna.com - domingo, 4 de mayo de 201
http://www.latribunadetoledo.es/noticia/ZA5BAA4EC-AD2C-FF1D-561AD03BEB91893D/20140504/toledo/1577

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