jueves, 1 de diciembre de 2016

Antihéroes en la Guerra Civil: los desertores del Alcázar de Toledo (y II)

Sabemos que una vez decretada su primera libertad en octubre de 1936, Rufino fue prácticamente obligado a formar parte del Ejército Republicano, ascendiendo a sargento durante este mes de septiembre. 

Milicianos republicanos disparan al Alcázar / ABC

Formó parte del 10 Batallón del Regimiento de Infantería nº 1 que estaba en el Cuartel de Wad Ras, situado en la calle López de Hoyos En el año 1937 ingresó en la Escuela Popular de Guerra de donde salió ostentando el grado de teniente y fue destinado en la 66 Brigada. Prestó sus servicios en primera línea desde el 23 de marzo de 1937 hasta 1938, fecha en la que fue arrestado por el Servicio de Información Militar (SIM) y trasladado en el ministerio de la Marina, desde de este servicio.



Se desconoce el motivo de esta detención pero creemos que el Servicio de Inteligencia republicano le pudo haber acusado de desafección. Tras unas semanas fue puesto en libertad siendo trasladado a la Brigada que se encontraba en esos momentos en la localidad de Loeches. También sabemos que fue herido en Ciudad Real y que estuvo mucho tiempo ingresado en un hospital hasta que le dieron el alta medica en el tramo final de la guerra.

La pregunta que se hacen todos los lectores sobre esta deserción del cabo del Alcázar es la siguiente: ¿Quería llegar realmente hasta la columna de Yagüe o buscaba pasarse a los republicanos? Eso ahora mismo no podemos saberlo. Lo que sí parece claro es que un gran número de personas de derechas avalaron a Rufino Santos tras la guerra por considerarle un individuo con “impecables antecedentes”. La sección local de la Falange de su pueblo Los Cortijos envió al juzgado una carta asegurando que Rufino pertenecía a una familia de derechas y muy religiosa.

En su declaración en el Consejo de Guerra le preguntaron antes de dictar sentencia por qué no había intentado pasarse a zona nacional durante el tiempo en el que estuvo en primera línea de frente con los republicanos. La respuesta de Rufino fue clara: “no intenté pasarme por temor a las represalias con mi familia” puesto que así lo habían hecho al pasarse un cuñado suyo a las filas nacionales. Finalmente, el juzgado tomó la decisión de condenar a Rufino a la pena de treinta años de reclusión mayor por un delito de adhesión a la rebelión con la concurrencia de las circunstancias atenuantes de falta de peligrosidad. Esta pena, finalmente fue conmutada a doce años de prisión. Es posible que antes de 1950 ya estuviera en libertad.

De defensor del Alcázar a capitán republicano

La historia que vamos a contar a continuación tiene como protagonista a Felix de Ancos Morales, un personaje de lo más oscuro del que no hay casi nada escrito ni en Internet ni en los libros de la Guerra Civil. Hemos podido reconstruir su historia gracias al Sumario 27044 que hay en el Archivo Histórico Militar del Cuartel Infante Don Juan de Madrid.

Natural de Toledo, a Felix de Ancos le sorprendió el inicio de la Guerra Civil siendo militar de profesión y desempeñando el grado de cabo de la Academia de Infantería situada en el Alcázar. En el sumario al que hemos accedido se cuenta que antes de darse a la fuga, Felix había participado varias veces en operaciones consistentes en salir del Alcázar con la intención de buscar víveres para los defensores y sus familias. En una de estas partidas, la del 10 de agosto, fue apresado junto a la Casa de Tordera por unos milicianos que también arrestaron a los cabos José María Flores López y Eladio Román García. Cuenta Felix en su declaración ante la justicia franquista tras la guerra que ante esos milicianos “se hizo pasar por evadido”, siendo trasladado a unas oficinas de la CNT y posteriormente a Madrid.

Una vez en la capital “no le quedó más remedio” que ponerse al servicio de la República prestando servicio de guardia en Correos y en la Fábrica de Armas. Estuvo en una sección en el frente de Algodor marchándose posteriormente hasta Ciempozuelos y más tarde al de Aranjuez. A finales de 1936 estuvo destinado en la 45 Brigada Mixta, ascendiendo a sargento, teniente y más adelante a capitán. Siendo capitán fue sorprendido en octubre de 1938 por las tropas nacionales cuando dirigía una compañía de ametralladoras de la mencionada brigada.

Durante su Consejo de Guerra, De Ancos manifestó “no enterarse” de sus ascensos aunque el fiscal que llevó su caso le acusó de haberlos conseguido por actos de guerra contra los nacionales. Un informe realizado por el gobernador civil de Toledo al juez militar que llevó su caso, también señalaba que Felix “facilitó noticias al ejército rojo sitiador” de algunos detalles relacionado con las posiciones franquistas en el Alcázar. Ese informe afirma que coincidiendo con su deserción, “fueron bombardeados los sitios en que se encontraban instaladas las cocinas, el horno de pan y los servicios indispensables para el mantenimiento de la defensa”.

También llegó a manos del juez que llevaba el sumario de Felix de Ancos un informe que le acusaba de haber asesinado a un soldado de su compañía mientras ejercía como capitán del Ejército Republicano. Ese informe decía que el soldado intentaba evadirse a zona nacional.



Teniendo en cuenta todos estos informes desfavorables, el Tribunal Militar que juzgó a Felix de Ancos Morales decidió condenarle a la pena de muerte en mayo de 1939, un mes después de que finalizara oficialmente la Guerra Civil. De Ancos fue procesado por el delito de Traición y Adhesión a la Rebelión Militar por lo que fue ejecutado dos meses más tarde en el cementerio de Aranjuez.

La influencia de un padre en la deserción

Los desertores Fidel Gutiérrez y Patricio González /Cronica

Eladio Román García tenía 20 años al estallar la Guerra Civil. Hijo de un carabinero de Toledo con domicilio en la Plaza de la Zarzuela, al arrancar el conflicto Eladio trabajaba como cabo escribiente en el Alcázar de Toledo aunque estaba estrechamente vinculado con algunas organizaciones de izquierdas como la UGT, organización en la que militaba su progenitor.

Su deserción del Alcázar de Toledo tuvo lugar el 10 de agosto de 1936 y aunque era una persona que se caracterizaba por su sentido del humor, finalmente tomó la decisión de abandonar la plaza ante el continuo requerimiento de su padre. También hemos tenido acceso al sumario al que fue sometido tras la guerra Eladio Román y en él, Rafael Díaz Gómez, teniente Coronel de la Guardia Civil, aseguraba que su deserción se llevó a cabo después de que su “padre, desde el edificio de Santa Cruz de Toledo, le llamó tres o cuatro veces” para que se pasara a zona republicana. Y eso fue lo que hizo precisamente.

En un interrogatorio producido el 21 de febrero de 1940 ante la Policía de Toledo, Eladio explicó detalles sobre su deserción afirmando que nunca tuvo significación política ni sindical y asegurando que en 1934 ingresó voluntariamente en el Ejército:

“Al producirse el Glorioso Movimiento Nacional me encontraba en el Alcázar y allí quedé obedeciendo las órdenes de mis jefes hasta que el 10 de agosto de 1936 deserté a las filas rojas. Esto se debió al llamamiento que hizo mi padre, carabinero afecto a la plantilla de Toledo, que desde el edificio de Santa Cruz hizo una alocución al personal de tropa que prestaba servicios en la cuarta cuadra. Accidentalmente me encontré con el cabo Felix de Ancos y con José María Flores, ambos residentes en Toledo y compañeros en el Alcázar. Ellos me dijeron que querían evadirse y marcharse con los rojos porque allí, dentro del Alcázar todos iban a perecer. Me invitaron a pasarme con ellos. Sin pensarlo más y sin darme cuenta de lo que hacía, nos pasamos en la Casa Tordera. Allí nos encontró la parte roja que guarecía el sector y me llevaron hasta la delegación de Hacienda que es donde estaba mi padre. A Felix y a José María les llevaron a la Comandancia Militar”.

Hemos averiguado que a los pocos días de pasarse a zona republicana, Eladio fue admitido gracias a su padre en el Cuerpo de Carabineros, cuerpo en el que ingresó el 18 de agosto de 1936, tan solo ocho días después de huir del Alcázar. La premura por la que fue admitido en los Carabineros se debió a que antes de la guerra, “ya tenía solicitada la instancia” para formar parte de este cuerpo. Fue destinado a El Pardo y a Madrid capital hasta que en 1937 fue enviado a la Comandancia de Castellón, destinándole a la séptima brigada. En su Consejo de Guerra, negó haber participado en “combate alguno” contra los nacionales ya que prestó “siempre” sus servicios como escribiente en las diferentes unidades del Ejército Republicano.

Durante su juicio se produjo una circunstancia un tanto extraña. El juez, antes de dictar sentencia, pidió dos informes sobre Eladio al Comité de Investigación de la Falange en Toledo y al Ayuntamiento de esta ciudad. Mientras que la Falange aseguraba de él que al parecer “era muy apreciado por sus jefes y con buenos antecedentes”, el Ayuntamiento no tenía ni siquiera constancia de que hubiera estado en el Alcázar, inventándose que había actuado como miliciano, prestando servicio en las colas de la barriada de la Puerta de Visagra. Sin embargo, esta institución también decía que Eladio “no era un individuo con malos sentimientos y nunca destacó por hechos de carácter grave”.

Finalmente, en la primavera de 1940, el Consejo de Guerra condenó a pena de muerta a Eladio, sin embargo, no hemos podido comprobar que esta sentencia se llevara realmente a cabo. Si en el caso de Felix de Ancos sí llegamos a ver en su sumario un certificado de defunción tras su fusilamiento, en este último no lo hemos visualizado. Consideramos que la pena de Eladio pudo haber sido rebajada a cadena perpetua ya que no tenía delitos aparentes de sangre e incluso haber obtenido alguna amnistía a finales de la década de los cuarenta. Este término desde www.guerraenmadrid.com no lo hemos podido confirmar. Seguiremos investigando.

Fuentes

Archivo Histórico Militar Paseo de Moret. Sumarios: 4179, 26423 y 27044
Hemeroteca Nacional. Diario Crónica y el Heraldo de Madrid.
Archivo Histórico Nacional. Causa General en Toledo.
Diario de Operaciones del General Moscardó.
Defensa del Alcázar de Ángel Palomino.
El testamento español de Arthur Koestler

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