viernes, 4 de diciembre de 2015

Héroes Toledanos: José Negrete de Cepeda y Adorno

NEGRETE de CEPEDA y ADORNO, José

Nació en Corral de Almaguer (Toledo) en 1812, estudiando en España y más tarde en París, donde cursó las asignaturas de matemáticas y topografía militar.

Al estallar en 1833 la primera guerra civil se incorporó al Ejército del Norte, demostrando su valor en diferentes acciones. Ya con el empleo de capitán, en 1834 se comportó con gran valentía en la acción de Muez (Navarra), en la que cayó herido de un balazo en el pecho, recibiendo como recompensa la Cruz de San Fernando de 1 a clase.

Falleció en 1836 en Portugalete, durante los preparativos del sitio de Bilbao, con el empleo de coronel, dejando casi todos sus bienes a los heridos militares. El 15 de enero de 1837 se celebraron sus exequias en la iglesia de Santo Tomás, en Madrid. Poseía el título nobiliario de conde de Campo Alange

Se distinguió también como un buen escritor, demostrando una erudición poco común para su edad. Entre sus obras, destacan:

Recuerdos del sitio de la ciudadela de Amberes por los franceses en 1832, Noche de asalto y Último combate. 

Mariano José de Larra, buen amigo suyo, le dedicó el 16 de enero de 1837 un artículo en El Español, en el que decía de él:

«El conde de Campo-Alange no era un héroe como en menguados elogios lo hemos visto impreso. Nosotros creeríamos ofenderle o escarnecerle más que encomiarle con tan ridículos elogios. Ni había menester serlo para dejar muy atrás al vulgo de los hombres entre quienes vivió. Era un joven que hizo por principios y por afición, por virtud y por nobleza de carácter, algo más que su deber:

dio su vida y su hacienda por aquello por que otros se contentan con dar escándalo y voces. Amaba la libertad, porque él, noble y generoso, creyó que todos eran como él nobles y generosos; y amaba la igualdad porque, igual él al mejor, creía de buena fe que eran todos iguales a él. Inclinado desde su más tierna edad al estudio, pasó sobre los libros los años que otros pasan en cursar la intriga y en avezarse a las perfidias de la sociedad en que han de' vivir.

Español por carácter y por afición, estudió y conoció su lengua y sus clásicos, y supo conciliar las aficiones patrias con ese barniz de buena educación y de tolerancia que sólo se adquiere en los países adelantados, donde la civilización ha venido a convencer a la sociedad de que para ella sólo las cosas, sólo los hechos son algo, las personas nada. 

Conocedor de la literatura española, su afición a la carrera militar le llevó a asistir al famoso sitio d~ Amberes, donde comenzó al lado de experimentados generales a ejercitarse en las artes de la guerra. De vuelta a su país, sus afectos personales, su posición independiente, su mucha hacienda le convidaban al ocio y a la gloria literaria que tan a poca costa hubiera podido adquirir.

Pero su patria gemía despedazada por dos bandos contrarios que algún día acaso se harán mutuamente justicia. El corazón generoso del joven no pudo permanecer indiferente y dormido espectador de la contienda. Alistado voluntariamente en las filas de los defensores de la causa de la libertad y del Mediodía de Europa, desenvainó la  espada, y desgraciadamente para no volverla a envainar.

Casa, comodidades, lujo, porvenir, todo lo arrojó en la sima de la guerra civil, monstruo que adoptó el noble sacrificio, y que devoró por fin aquella existencia, bien como ha devorado y devora diariamente la sangre de los pueblos y la felicidad acaso ya imposible, de la patria.

Distinguido por su pericia y su valor, no se contentó con exponer su vida en los campos de batalla; la muerte le dio más de un aviso, que desoyó noblemente. Herido en jornadas gloriosas, fue ascendido
al grado de coronel sobre el campo de batalla, y entre los cadáveres mismos que no hacían más que precederle algunos meses. Hizo más:

cuando una revolución no esperada, y de muchos no aceptada, desarmó centenares de brazos y entibió muchos pechos que creyeron deber distinguir el interés de la patria del interés de un Gobierno que le había sido impuesto accidentalmente,

Campo-Alange llevó al extremo su generosidad, y creyó que no era su misión defender el Estatuto o la Constitución; en una o en otra forma de gobierno la libertad seguía siendo nuestra causa; Campo-Alange, demasiado noble para ser hombre de partido, se vio español y nada más y no envainó la espada. No queremos ofender a nadie; pero si los demás que como él pensaban habían ofrecido hasta entonces su vida a la patria, él ofreció más, ofreció su opinión.

Noble y tierno sacrificio que de nadie se puede exigir, pero que es fuerza agradecer. Y el que esto hacía no buscaba sueldos que no necesitaba, que cedía al erario, no buscaba honores, que en su propia cuna había encontrado sin solicitarlos al nacer».

JOSÉ LUIS ISABEL SÁNCHEZ
Numerario
http://realacademiatoledo.es/wp-content/uploads/2013/12/files_toletum_0048_06.pdf

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