jueves, 31 de diciembre de 2015

En el Cristo de la Luz, Toledo

Aunque en el relato de los sucesos que han contribuido a hacer famosa la ermita del Cristo de la Luz, omitiésemos toda la parte tradicional, que por no hallarse suficientemente autorizada podría parecer ajena de la gravedad y la pureza de la historia, no por eso negaremos un lugar en nuestro artículo a las creencias populares que la tradición repite de boca en boca y que la sencilla fe siente y cree. Antes al contrario; nosotros pensamos que la tradición es al edificio lo que el perfume a la flor, lo que el espíritu al cuerpo, una parte inmaterial que se desprende de él, y que dando nombre y carácter a sus muros les presta encanto y poesía.

Gustavo Adolfo Bécquer. Historia de los templos de España. (1857) 




Entretanto la mezquita, solitaria en un lugar abandonado, cuenta los siglos. Sus nueve cúpulas se apoyan en un rango de herraduras. Sostenido por esos arcos generalmente simples, más bellos a mi parecer que las combinaciones sabiamente atormentadas del arte gótico, el monumento árabe parece hecho de aire y de sol.

Valerie de Gasparin. A través de las Españas (1869) 





Los árabes mostraron allí los primeros indicios de su originalidad; pero también se echa de ver que no han olvidado las impresiones que trajeron de Oriente. De la ornamentación no queda nada. El yeso nivelador se ha encargado de tapar las profanidades muslímicas, cuya brillantez volupsuosa ofendía tal vez la recatada severidad de nuestro culto; pero conociendo el famoso mihrab de Córdoba, nos es fácil suponer lo que podía ser aquello ornado con grecas y resaltos de oro y azul, con mosaicos orientales, y tal vez con jaspesa romanos, hermanos de las cuatro columnas que sostienen la fábrica.
¡Qué bello debía ser aquel pequeño recinto, dividido en nueve espacios por arcos y ventanas, que transmitían la luz descompuesta y templada por la viveza y la variedad de tan vistosos ornamentos!

Benito Pérez Galdós. La ciudad de Toledo. Publicado en Revista de España (1870)




No me siento capaz de describir todas las "notabilia" de Toledo, pero debo recordar aquella maravillosa pequeña mezquita, ahora oratorio de San Cristo de la Luz, bajo la colina del Alcázar, un lugar no más grande que una casa de muñecas, con cuatro columnas circulares de las que nacen dieciséis arcos de herradura de hondos perfiles, blancos como la nieve, formando ellos mismos el techo en cinco medias cúpulas.

Frances Elliot. Diario de una mujer en España (1884) 



El Cristo de la Luz es una obra delicada. El contraste de los temas germánicos, árabes y bizantinos le convierten en un canto aflautado que huye indeciso de la rígida música de la ciudad castellana. 

Waldo Frank. España Virgen (1926)





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