martes, 29 de diciembre de 2015

Visigodos: La primera guerra civil de España (I)

La muerte del rey Amalarico en 531, extinguió la estirpe de Alarico Baltho, el más esclarecido de los visigodos, que no volverían a tener otra dinastía que les uniera tan firmemente. 

Los nobles eligieron para sucederle al candidato obvio, Teudis(Thiudareiks), cabeza del partido de los ostrogodos y el más poderoso de entre ellos.

Dados los antecedentes de corrupción durante su mandato como gobernador de Teodorico en Hispania, y su participación en el asesinato de su predecesor, era previsible un reinado aciago. Sorprendentemente, resultó ser un rey prudente y logró dar estabilidad al reino de los godos occidentales. Fue también el monarca que aparcó definitivamente el sueño de recuperar los territorios galos perdidos, y puso sus ojos en la península ibérica, donde la monarquía y el pueblo hallarían finalmente su solar.

En efecto, cuando comienza su reinado, la antigua diócesis de Hispania se hallaba en un estado aún confuso. La provincia de Galecia (la actual Galicia más Portugal al norte del Duero), era la sede del reino suevo, con capital en Braga (Bracara Augusta). El centro del dominio germánico se hallaba en la provincia Tarraconense, que comprendía toda la cornisa cantábrica y el valle del Ebro, aunque en realidad el rey visigodo sólo controlaba el valle medio y bajo del gran río (donde se hallaba la corte, Barcelona). Aguas arriba, los montañeses eran virtualmente independientes. 

Más aún, mientras los astures y cántabros (que habían adoptado algunas costumbres romanas, como el gobierno de senados oligárquicos, cohabitando junto a sus antiguas estructuras tribales), mantenían un vasallaje teórico y eran en general pacíficos, los vascones los pirineos occidentales efectuaban con frecuencia correrías de destrucción y saqueo a lo largo del valle, siendo invariablemente su primera víctima la ciudad y obispado romano de Pamplona (Pompaelo). 

La provincia Lusitania, con capital en Mérida (Emerita Augusta), comprendía las actuales Extremadura española y Portugal al sur del Duero, mientras la Cartaginense (con capital en Cartagena- Cartago Nova) era la provincia más grande, y ocupaba el espacio delimitado por las provincias anteriores. A lo ancho del valle del río Guadalquivir, en latín Betis, se asentaba la provincia de la Bética, con capital en Sevilla (Hispalis) la más rica de Hispania, donde la influencia goda era débil y la aristocracia terrateniente romana aún era poderosa, e independiente de facto.

En este momento de la historia de España, la relación entre el monarca, la nobleza goda y la aristocracia senatorial hispanorromana, era la piedra angular para lograr la estabilidad del joven reino. Según el pacto o foedus firmado por el rey visigodo Valia y el patricio Constancio en nombre del emperador Occidental en 416, los germanos eran asentados en calidad de “aliados”, y sus nobles recibían 2/3 de todas las tierras cultivables, las viñas, los ganados y las casas. 

Esas propiedades eran arrebatados a los propietarios romanos, que retenían el 1/3 restante, el único que quedaba sujeto a impuestos imperiales (en realidad, los godos estaban liberados de impuestos por el simple hecho de serlo, y el pago de tributos y la administración de su recaudación estaba a cargo de hispanorromanos). Con tan desigual pacto, firmado bajo unas condiciones draconianas, la nobleza goda se convirtió en poco tiempo en una casta de familias de grandes terratenientes, eximidos de impuestos e inmensamente ricos. Los aristócratas romanos quedaban fuertemente perjudicados, y su principal salida era enlazar en matrimonio con los godos, para que sus tierras fueran consideradas “godas” y libres de cargas. 

Cuando el receptor de impuestos dejó de ser el emperador romano, los reyes germanos lucharon contra estas prácticas, que dejaban a la corona sin sus principales ingresos, renovando la vieja prohibición romana de matrimonios mixtos entre ambos pueblos. Esta norma no se cumplía de forma efectiva: el propio Teudis estaba casado con una rica heredera hispanorromana.

La principal separación entre ambos pueblos seguía siendo, no obstante, la religiosa. Los romanos eran católicos y trinitarios, y los visigodos minoritarios conservaban celosamente el arrianismo nacional, que les llevaba a tener sus propios templos, sus propios cementerios (con sepulcros en los que se enterraban tesoros junto al cuerpo, una reminiscencia de su época pagana que perderían al convertirse al catolicismo), su clero, sus concilios y sus libros sagrados; aparentemente carecían de vida monástica. 

Poco se sabe de ellos, salvo que los sacerdotes podían conservar a sus esposas al ordenarse y que persistía en ellos el cesaropapismo oriental: la familia real utilizaba sus propios cálices y el rey era la cabeza efectiva de su iglesia; los clérigos se tonsuraban, pero conservaban orgullosamente sus germánicos largos cabellos.

El clan ostrogodo de Teudis había heredado la política de tolerancia hacia los católicos de Teodorico Amalos. En ese momento histórico la política religiosa de los reyes hacia la población católica dominada fue determinante, pues los reinos germanos arrianos, dominantes en Occidente durante más de 50 años, iban a sufrir un golpe fatal desde Oriente.

El incendio iba a prender en el reino vándalo del norte de África. El rey Trasamundo había virado la política persecutoria de sus predecesores, hacia la tolerancia religiosa con los católicos. En 523, su primo y sucesor Hilderico, sintiéndose poco seguro, buscó la alianza del emperador oriental, permitiendo el libre culto de su población católica romana. 

Esto le enajenó por completo el apoyo de su nobles arrianos, y en 530 fue destronado y encerrado por uno de ellos, llamado Gelimero, que se proclamó rey, retornando a la política de persecución de la Iglesia. En otras circunstancias, la alianza de Hilderico con el imperio romano hubiese sido papel mojado, pero en aquel año se sentaba en el trono de Constantinopla uno de sus más grandes emperadores,Justiniano. 

No solo era un gobernante astuto y decidido, sino que, para desgracia de los vándalos, había concebido el proyecto de recuperar las tierras del antiguo imperio de occidente de sus poseedores germánicos arrianos, y estos hechos eran la excusa perfecta para desencadenarla. Gelimero buscó la alianza de sus correligionarios para defenderse de la represalia romana por su usurpación. En 532 expidió dos embajadas: una de ellas visitó la corte ostrogoda de Rávena, donde la regente Amalasunta, hija de Teodorico Amalos y gobernante del reino en nombre de su hijo Atalarico, rechazó la petición vándala, ya que estaba aliada a Justiniano. 

También Teudis rechazó la alianza propuesta por la embajada que llegó a Barcelona. Inauguraba así una política de neutralidad ante los acontecimientos exteriores que la mayoría de los monarcas visigodos iban a seguir, y que dotaría al reino de un peculiar aislamiento a lo largo de toda la alta edad media.

La respuesta de Justiniano tardó, pero llegó finalmente: en junio de 533 un ejército imperial relativamente modesto, al mando del general favorito de Justiniano, Belisario, desembarcó en África, no lejos de Cartago, para reponer en el trono a Hilderico. Gelimero ordenó asesinar al monarca cautivo y combatió en defensa de su trono. 

Teudis, poco fraternamente, aprovechó la ocasión para enviar una expedición que tomó la antigua ciudad de Ceuta (Sebta), que los vándalos habían abandonado para concentrarse en la defensa contra los invasores. Derrotado cerca de Cartago, Gelimero, abandonando la capital en manos de Belisario, huyó a las montañas donde se escondió durante 1 año, hasta que en marzo de 534 se entregó a los romanos, siendo trasladado a Constantinopla. Dado que Hilderico había muerto, 

Belisario incorporó todo el norte de África al Imperio de Oriente poniendo fin al reino vándalo, y a mediados de año una flotilla imperial tomó por sorpresa Ceuta, aprovechando la incuria de los visigodos, que no habían reparado las deterioradas fortificaciones. Era el primer contacto de los godos con el que sería uno de sus más encarnizados enemigos. Los imperiales ocuparon también las islas Baleares, al igual que el resto de las del mediterráneo occidental, hasta entonces en manos vándalas.

El episodio de Ceuta demuestra que Teudis definitivamente había comenzado a tomar interés por el sur peninsular. Su tolerancia hacia los católicos le granjeó las simpatías de los hispanos y fue pronto imitada por el nuevo rey suevo, Veremundo, que aunque arriano, permitió la reconstrucción en sus tierras de las iglesias y monasterios mandados destruir por sus predecesores. Teudis consolidó un grupo de poderosos nobles ostrogodos “nacionalizados” tras el tratado de 526, enlazados por matrimonios y relaciones clientelares, que dominaron los puestos clave de la administración, entre los que descolló Teudiselo (Thiudareikgaisel), tal vez familiar del rey, pues su nombre parece ser un diminutivo del de el monarca, que fue nombrado duque. 

La influencia ostrogoda se mantuvo, no solo en la tolerancia religiosa, sino en la adopción de usos provenientes de Italia: desde la moneda de Teodorico, pasando por la organización de ejército en regimientos de mil hombres llamados thiufas, hasta la adopción de modelos transalpinos en joyería, como hebillas y fíbulas en forma de arco radiado talladas a cincel (aunque los herreros visigodos pronto evolucionarían esos diseños de forma original). También en las relaciones comerciales que proporcionaron prosperidad al reino, los vínculos con Italia eran muy superiores a los mantenidos con la Galia o norte de África.

En Italia precisamente es donde se estaba fraguando el segundo acto de la tragedia para los arrianos. La reina Amalasunta, aliada de Constantinopla, había quedado muy debilitada tras la inesperada muerte de su joven hijo el rey Atalarico. Los nobles rechazaban su romanismo y estaban en contra de que una mujer reinara en solitario. Amalasunta asoció al torno a un primo suyo llamado Teodato, en un intento de legitimar su posición, pero resultó un movimiento errado. Teodato se erigió en adalid de los opositores a la reina, y ordenó prenderla y encerrarla a finales de 534. La oportunidad que el Cielo ponía no era de las que un hombre como Justiniano desaprovechaba. Amenazó a Teodato y exigió la libertad de la reina aliada. 

El monarca ostrogodo fue lo suficientemente torpe como para ordenar el asesinato de la cautiva en primavera de 535, y el emperador no necesitó más para ordenar a Belisario que partiera desde Cartago hacia Italia con su ejército. Tomó rápidamente Sicilia y luego desembarcó en el sur de la península, conquistando la importante ciudad de Nápoles. Los ostrogodos, exasperados por su incapaz rey, asesinaron a Teodato en 536, extinguiendo con él la familia de los Amalos, y eligieron a un noble llamado Vitiges como sucesor. Se inició así una larga y destructiva guerra de casi dos décadas entre romanos y ostrogodos, que no interesa a nuestro relato por el momento.

Por mucho que a Teudis le importara lo ocurrido en su tierra natal, hubo de preocuparse antes por una nueva campaña de los reyes francos de Neustria, Childeberto de Paris y Clotario. Tras haber ocupado el territorio de su difunto hermano Clodomiro (incluido asesinato de sus herederos) y conquistado Borgoña, que fue para Clotario, lanzaron contra la provincia Septimania una primera ofensiva en 535, en la que tomaron Lodeve y Rodez, aunque las tropas godas lograron rechazar su ataque a Arlés. Con el permiso del rey, en 540 tuvo lugar el concilio provincial de Barcelona, que se ocupó de cuestiones disciplinares, destacando la obligatoriedad de que el clero se cortara el pelo (para diferenciarse de los sacerdotes arrianos), pero no la barba; dos años antes, en 538, el metropolitano de Braga, en Galecia, había recibido una carta del papa Virgilio, en la que le recomendaba la triple inmersión en el bautismo de arrianos conversos y el uso de la partícula filioque en el rezo del Gloria. 

En 541, los dos monarcas francos planearon una segunda expedición, mucho más ambiciosa, contra el reino visigodo. Con un fuerte ejército, y acompañados por los tres hijos de Clotario de Borgoña, entraron en la provincia Tarraconense por Roncesvalles, arrasando la campiña, tomando y saqueando Pamplona, y dirigiéndose de inmediato a Zaragoza (Caesaraugusta), a la que rodearon. Teudis encomendó el ejército a su favorito, el duque Teudiselo, que optó por bloquear los pasos pirenaicos a espaldas de los invasores. Los francos se hallaban atascados frente a la ciudad del Ebro, sin poder tomarla tras 49 días. Sobre este sitio hay varias leyendas. Se dice que los defensores pasearon por las murallas la túnica de san Vicente mártir, y que los francos huyeron ante aquel signo. 

Las fuentes francas afirman que Childeberto obtuvo la túnica bien como botín o bien a cambio de levantar el asedio y que a su vuelta a París erigió una iglesia para albergar la reliquia. Sea como fuere, y más probablemente por conocer que el ejército visigodo les cortaba la retirada, los francos optaron por abandonar el sitio y dirigirse al norte, para forzar su salida hacia la Galia. En algún lugar indeterminado de los Pirineos, el duque Teudiselo, al mando del ejército real, logró derrotar a los dos reyes y tres príncipes francos. 

Fue un auténtico desastre para los invasores, que no habían padecido una derrota tal desde que la estirpe de Clodoveo se hiciera con el trono franco. Sufrieron muchas bajas, se recuperó el botín, y todos los miembros de la familia real fueron capturados, junto a miles de soldados. Tras varias semanas de negociaciones, y a cambio de un fuerte rescate, el humillado Childeberto y sus familiares fueron liberados y regresaron a sus tierras. La soldadesca, menos afortunada, no tuvo quién pagara su libertad, y fue ejecutada en castigo por sus saqueos. El correctivo sufrido por los francos les mantuvo alejados durante muchos años del reino visigodo. 

En 540 los ostrogodos, que habían perdido al valeroso Vitiges y estaban retrocediendo frente a los invasores imperiales, eligieron como rey a un noble llamado Hidibaldo, cuyo único mérito era ser familiar de Teudis, de quién, por afinidad familiar, esperaban ayuda. Fue vana esperanza, pues el monarca visigodo no varió su neutralidad, máxime cuando hubo de ocuparse de hacer frente a los ataques francos. En 541 los ostrogodos le sustituyeron por su sobrino Totila, con el que lograron recuperar el norte de Italia.

Pacificada definitivamente la frontera con los francos, Teudis comenzó a desplazar el centro de poder real hacia el sur. En 546 se hallaba en Toledo (Toletum), donde el 24 de noviembre publicó la primera ley real desde los tiempos de Alarico II, la cual estipulaba la prohibición de hacer regalos caros a los jueces para ganarse su voluntad. Ese año tuvo lugar el concilio provincial de Valencia, presidido por el obispo-teólogo local Justiniano (autor de varias obras sobre el rebautizamiento de arrianos, que repudiaba), en el que se protegieron los bienes de la iglesia cuando el obispo moría, pues al parecer era costumbre que los sacerdotes y laicos del cortejo episcopal tomaran para sí algunos bienes del patrimonio eclesiástico tras el deceso. 

El obispo más próximo debía trasladarse de inmediato a la sede y hacer un inventario que remitiría al metropolitano. Por cierto que en este sínodo se testimonió que algunos arrianos estaban convirtiéndose al catolicismo gracias a la predicación. Justiniano murió en 548, dejando sus bienes a la comunidad monástica del sepulcro de san Vicente mártir, de la que había sido abad antes de su consagración. El rey se trasladó poco después a Sevilla (Hispalis), donde levantó un palacio y estableció su capital, haciendo así efectiva la autoridad real sobre la rica provincia bética, de la cual se obtuvieron elevados impuestos. El partido ostrogodo sin duda trabó amistosas relaciones con los terratenientes hispanorromanos, que apreciaban su tolerancia religiosa, y allí sería donde comenzarían a convertirse algunos nobles godos. 

El que llamamos “partido ostrogodo”, no era en el fondo sino un grupo de aristócratas unidos por intereses comunes y alianzas familiares, y no sólo estaba compuesto por ostrogodos, sino también por visigodos que habían enlazado por matrimonio, o por vasallaje personal, para medrar a la sombra del poder del trono. 

Frente a ellos, los nobles visigodos nativos formaban una vasta mayoría, desarticulada, rabiosamente nacionalista y anticatólica, humillada tras la derrota de Vouillé, 40 años atrás, apartada del poder por los gobernadores de Teodorico, y descabezada cuando había creído poder recuperar su influencia con Amalarico; alimentaba un rencor hacia la casta dominante, sintiendo que eran desposeídos de honores en su propio reino por un grupo de “extranjeros”. Aunque el fundamento de identidad de estos “partidos” era sobre todo el afán de poder y de influencia de familias aliadas o enfrentadas entre sí, la tolerancia o persecución de los católicos era la característica que les distinguía. La tensión en la nobleza iba a estallar en un futuro no lejano, conmoviendo los cimientos del reino.

El rey envió 547 una nueva expedición para tomar Ceuta (la única iniciativa militar ofensiva que se le conoce), consciente de la importancia estratégica de dominar ambas orillas del estrecho. Los visigodos obtuvieron el triunfo y saquearon la ciudad, pero al domingo siguiente, pensando ingenuamente que no serían atacados por ser el día sagrado, fueron derrotados y exterminados por una fuerza expedicionaria romana. 

Fue el último acto conocido de Teudis. Anciano, con poco tiempo de reinado por delante, y amado por sus súbditos, permanece como un misterio el origen del complot contra su vida. Tanto los visigodos nacionalistas como algunos disidentes dentro de su propio grupo de poder son los autores más probables. 

En 548, cuando paseaba por los jardines de su palacio sevillano, un miembro de su guardia, simulando un ataque repentino de locura, le hundió un puñal en el vientre. Mientras agonizaba en el suelo, cuenta la leyenda que Teudis, acordándose de que había ordenado matar a su predecesor en el trono, pidió a sus cortesanos que perdonaran la vida de su asesino; sin duda el remordimiento por aquella mala acción le había acompañado toda su vida. Murió tras haber sido el noble más poderoso durante 25 años y rey durante 17, y su gobierno se puede calificar en términos generales como benéfico. Tras él, las situación empeoró.

Su favorito Teudiselo fue elevado al trono, apoyado en el grupo ostrogodo y en su prestigio como general. Mantuvo la corte en Sevilla y firmó con los reyes francos el cese de sus incursiones a cambio de un tributo; un tratado tan frágil que los francos reanudaron sus escaramuzas poco después de su firma. El irritado Teudiselo ordenó una auténtica limpieza étnica de francos en el valle del Ebro, expulsando o asesinando a los que aún vivían allí. 

El nuevo monarca había heredado apenas el nombre de su predecesor, pues su fama militar no podía ocultar su incompetencia en el gobierno y sus perversiones personales: se decía de él que era un borracho y un adúltero habitual con las esposas de sus nobles. Si a los visigodos nacionalistas ya les irritaba un rey ostrogodo carismático y prudente, uno disoluto e incapaz fue demasiado. En diciembre de 549, tras poco más de un año de reinado, los conjurados visigodos aprovecharon la ebriedad de Teudiselo durante un banquete en su palacio sevillano para apuñalarle hasta la muerte, si bien públicamente se atribuyó a una venganza de maridos deshonrados. 

Luis I. Amorós, el 30.09.10 
http://infocatolica.com/blog/matermagistra.php/1009300130-la-primera-guerra-civil-de-es

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